13/5/10

Cosas que pasan

“Lo que ha de suceder, sucederá.” - Virgilio

Recuerdo que llegamos a urgencias a la una del mediodía. Era un domingo gris, plomizo, de ésos que invitan a gandulear en casa. Pero ya se sabe: las enfermedades no saben de aguaceros, ni de aperitivos dejados a medio terminar cuando tu hija se está asfixiando delante de tus narices. Deprisa, pero sin nervios, entramos en el hospital con el aplomo del que pisa terreno conocido: demasiados ataques de asma nos habían llevado allí otras veces, a esos pasillos siempre poco iluminados y tristones, a la merced de un personal sanitario cordial y atento, aunque siempre demasiado apresurado, haciendo equilibrios al borde del caos. La niña se sometía dócilmente a los tratamientos, como lo hacen los enfermos que lo han sido desde la cuna: con resignación y entereza, con el estoicismo fatalista del que sabe que las cosas son como son y no hay más que hablar. Andrea, con sus cuatro añitos, era consciente que sólo los aerosoles permitían que volviese a respirar con normalidad, y que las inyecciones de corticoides también ayudaban a que sus pulmones se recuperaran, así que la pobre no chistaba cuando la dejaba sola con las enfermeras. Como otras veces, yo me quedé en la sala de espera, y abrí el libro. Aunque las urgencias son un buen sitio para entretenerse mirando a los demás, observar y escuchar conversaciones ajenas, lo que veo y oigo siempre termina deprimiéndome. Por eso, porque soy curiosa, pero no masoquista, siempre llevo un libro en el bolso. Sin embargo, ese día me resultaba imposible concentrarme en la lectura. ¿Por qué, si la sala estaba prácticamente vacía, y todo el mundo estaba callado? Éramos sólo seis personas contándome a mí. Dos ancianas cabizbajas acompañaban a otra que iba en silla de ruedas. Tres asientos más allá, una mujer se abrazaba a su bolso, con la mirada perdida. A su lado, un adolescente ponía los cinco sentidos en morderse los padrastros. “Se va a pelar el dedo entero, qué daño…”, pensé con grima, mientras me obligaba a apartar la vista de sus manos. El chaval tenía el pelo revuelto y sudoroso, pegado a la frente. Debía venir de hacer deporte, porque aún llevaba puesto el pantalón corto y las zapatillas, aunque debía estar muriéndose de calor con el anorak, un plumas con la cremallera subida hasta el cuello. La calefacción, igual que ocurría en verano con el aire acondicionado, estaba excesivamente alta.
- Quítate el anorak, hijo, que te va a dar algo.
El chico se sobresaltó, igual que la señora de la silla de ruedas y yo misma, cuando la voz de la mujer rompió el silencio. El muchacho al fin se olvidó de su pulgar y se bajó la cremallera, dejando al descubierto una camiseta de tirantes. “Atletismo. Estos han venido con otro que se ha lesionado, me apuesto lo que quieras”, dije para mí.
- Mamá. Pregunta otra vez, anda.
Entonces fue ella la que pegó un respingo. Seguía aferrada al bolso como si fuese un salvavidas, y las palabras de su hijo parecieron traerla de vuelta, de muy lejos. Era una treinteañera guapetona, excesivamente joven para tener un hijo tan mayor, ahora me daba cuenta. Tenía unos ojos bonitos, pero la mirada mustia de quien ha sufrido mucho en muy poco tiempo. Hizo ademán de levantarse, cuando su móvil empezó a sonar.
-Hola.
- (…)
- Pues no sabemos nada todavía. Cuando le trajeron estaba inconsciente. (…) Ya, pero es que ha sido un golpe muy fuerte. Y en la cabeza.
- (…)
- Bueno… más o menos. Preocupado, claro. Ya le he dicho que no ha sido culpa suya, pero ya le conoces. (…) Sí, sí que es mala suerte. Y mira que estuvo a punto de no participar hoy, porque tenía la muñeca dolorida todavía. Pero el entrenador insistió. Sí, son cosas que pasan.
- (…)
- ¿Y yo qué sé? Estamos a seiscientos kilómetros de su casa. Si mi padre apenas ha salido de su pueblo en toda su vida, la alcaldía le ha tenido atado allí siempre. Por lo visto había venido aquí con los jubilados. Mientras los otros se iban al Museo del Queso, él se plantó en el polideportivo. El también lanzaba el disco en su juventud, y quiso verlo, hoy era la final del campeonato. Sí, el de comunidades autónomas. Te juro que casi me da un infarto cuando vi que era él. Lo que no sé es cómo consiguió meterse en la grada de los padres. Dios mío, qué trago… Ten en cuenta que hacía más de diez años desde la última vez. (…) Sí, entonces, cuando intentó matarnos al niño y a mí. (…) Ya, ya lo sé, no hace falta que me lo recuerdes: mi padre me ha hecho la vida imposible. Siempre. Primero a mí. Y cuando ya no tenía remedio, también al niño. Por eso, joder… dios mío… pobrecito mío… no sabes lo mal que lo está pasando…
- (…) Ya. (…) Sí. (…) Pues claro que no es sencillo vivir con algo así. Eso no se deja atrás, nunca, aunque ahora parezca que está muy lejos, que llevamos una vida normal. Que tu padre haga todo lo posible por evitar que vivas tu vida, y sólo porque una chiflada le predijo que su nieto le terminaría matando… eso es una pesadilla que no se acaba en la vida. Aunque pongas mucha tierra de por medio. Aunque pasen años. Y lo más irónico es que al final el viejo se va a salir con la suya, toda su puta vida acojonado, intentando por todos los medios controlarlo todo, y zas. Nunca mejor dicho, lo de zas. Jajjajja (…) Hombre, gracioso, gracioso no es, pero si no me río, directamente me echo a llorar, y no quiero, ni puedo. (…) En fin, es todo tan absurdo… Parece mentira, un hombre con estudios, un señor como él, creyéndose esas paparruchas, toda su vida sufriendo y haciendo sufrir a los demás por el pronóstico de una bruja… Y lo que son las cosas, que va a tener razón, después de todo. (…) Ya. (…) Espera, tengo que dejarte. Los médicos acaban de salir. Luego te llamo.
Durante cinco minutos, un médico jovencito y otro canoso hablaron en voz baja con la madre y el hijo. La cara de ella pasó de mostrar un claro alivio a un pánico que le hizo tambalearse, hasta el punto de que el residente la cogió del brazo en el último momento, evitando que se cayera redonda al suelo. Cuando los médicos se marcharon, el chico se apoyó en la pared, cerró los ojos durante unos segundos y volvió a abrirlos, clavando en su madre una mirada tan triste como la de ella. “Mamá, soy un asesino. ¿Qué va a pasarme?” La anciana de la silla de ruedas se santiguó a toda prisa, y miró con pavor al muchacho. La mujer suspiró, se acercó al chico, y pasándole con suavidad el brazo por la cintura le arrastró hasta la zona de los asientos. “Ya has oído al médico, Perseo. Ha sido un accidente. Da igual lo que les haya dicho tu abuelo. Tú a quien tienes que escuchar es a mí. Ha sido un accidente. Tú no eres ningún asesino. Tranquilízate”.
No pude oír más. En ese momento, mi hija apareció dando saltos, de la mano de una enfermera. Las explicaciones de una y los tirones de la manga de la otra me impidieron seguir escuchando. Mientras le abrochaba el abrigo a Andrea, ya en la puerta, dos policías nacionales se cruzaron con nosotras.

6 comentarios:

Bernardinas dijo...

Qué bien, cómo se anima esto. Me gusta el cuento, cada movimiento (la madre y la hija en la clínica, el libro abierto, la madre y el hijo a su lado -comiéndose al, el padrastro, con quien, según la leyenda, tampoco se llevaba tan mal-, el anorak, la llamada...) tiene interés propio, no hay nada estático ni meramente descriptivo. La niña no es la introducción, sino un asunto importante. Me gustan los giros que suceden en mitad de algo importante, no después de un preámbulo, porque entonces ni siquiera se pueden llamar giros. En este caso, el libro es lo que lo gira todo. ¿Cómo se iba a concentrar, si Acrisio estaba agonizando? Además, ¿no es la realidad una encarnación de lo que la narradora no puede leer?
Me gusta que la historia esté graduada de modo que cuando aparece la fábula, la sustancia sin tapujos, resulta de lo más natural. Y también que hagas a Perseo más víctima que otra cosa, igual que el abuelo. Ambos, a pesar de sí mismos, fueron abducidos a la tragedia por la culpa involuntaria de Dánae. En los destinos inevitables no hay culpas sino causas.
Tan solo tengo una duda. Releyendo la historia de Perseo, me he dado cuenta de que, tal y como lo narras, con intensidad y transparencia, podrías contar todo su periplo. También del cuento nos llama la voz de la mujer, de la que querríamos saber más, con esa curiosidad malsana que sólo sabe generar el tedio de los hospitales. El mito, trasplantado a la vida real, funciona muy bien, y también funcionaría solo, si el nieto no se llamase Perseo y el lector no tuviese que acudir al libro que lleva la madre para saber cómo lo mató. Quiero decir que funcionaría perfectamente sin el referente explícito. Ah, y un detalle. ¿Qué pasó con el libro?

Teresa, la de la ventana dijo...

Ante todo, saber que te ha gustado es un "alivio": lo entrecomillo porque, después de tu "snuff movie de la fauna ibérica" (Conde-Duque dixit, y con qué acierto...), iba yo un poco temerosa con mi relatillo mitológico. La idea era trasladar un mito clásico a la actualidad y no pasarme mucho en extensión, quizás por eso se te queda un poco rácano y te vas con ganas de saber más de alguno de los personajes (¿por qué será que no es la primera vez que me dicen eso de un relato? Tendría que hacermelo mirar, ¿verdad?). Me gustaba la idea de la fatalidad que persigue a toda la familia, ese no poder evitarlo de ninguna de las maneras. En fin, mi pequeño granito de arena para animar el club. Gracias, Antonio.

conde-duque dijo...

Esto está muy animado.
Me gusta el ambiente del relato, el sitio, la atmósfera. Y esos detalles que dice Antonio... También los giros de enfoque en distintos personajes.
A mí también me gustaría saber más de algunos, que se prolongue un poco la historia.
La conversación telefónica de uno solo es muy buena técnica para informar (es algo que Salinger, por ejemplo, lo borda), y me gusta cómo lo has hecho.
Sólo tengo una pega: hay una cosa que me pasa al ver algunas películas y que no me gusta: cuando se nota que en un diálogo lo que quieren es transmitir determinada información al espectador y, por tanto, la conversación se vuelve un poco artificial. Me pasa un poco cuando dice esto, como filosofando sobre su vida:
"-Pues claro que no es sencillo vivir con algo así. [..] Aunque pongas mucha tierra de por medio. Aunque pasen años..."
Es lo único que me chirría un poco. Pero a lo mejor es cosa mía.
Pero lo demás me gusta.
Da que pensar.
Gracias por poner el relato, Teresa.
Un abrazo.

Teresa, la de la ventana dijo...

Sí,Conde, tienes toda la razón, quizás debería retocar un poco esa parte. Pero tenía que "encajar" el mito de alguna manera, y ésa me pareció la mejor.

En cuanto a la extensión, reconozco que me corto mucho con ella cuando escribo para aquí.

Luisa Cuerda dijo...

A mí me ha gustado mucho, Teresa. Es ingenioso, está bien escrito y tiene ese punto de humor que hace que una obra destaque. Y en cuanto a la brevedad, siempre la agradezco.

Un abrazo y enhorabuena, Teresa.

Teresa, la de la ventana dijo...

Muchas gracias, Luisa.