29/12/07

EL PERRO EN EL TEJADO



Un perro en un tejado está en la situación de quien ha accedido con esfuerzo al lugar que otros ocupan por naturaleza. Es una situación extraña, o más bien que provoca extrañeza a los que ven asomar del tejado la cabeza canina.
El perro con vocación tegulística tiene que ejercitar sus músculos, afinar su equilibrio y compensar con aplomo la ausencia de garras. Dicho de otra manera, un gato en un tejado puede ser el más vulgar de los mininos, pero un perro en un tejado es, cuando menos, un perro muy especial.
En el tejado, el perro goza de una perspectiva doblemente privilegiada: ve desde allí lo que podrían ver los gatos, sin perder el punto de vista de los perros. Y digo lo que podrían ver los gatos, porque estos suelen limitarse a pasear por el tejado sin observar lo que desde allí se contempla.
El perro, por el contrario, ha subido al tejado para mirar desde allí y contárselo a los otros perros, a los gatos y a quien quiera escucharle. Esta intención informativa -y acaso redentora- del perro suele ser mal comprendida por los habitantes del tejado, que no son solamente gatos, sino también antiguos perros que en su día subieron allí y, a base de no mirar hacia abajo, parecen más gatos que los gatos propiamente dichos. Por lo que si el perro en el tejado desea ser inmune a tal mutación, deberá desarrollar pronto un escepticismo a tono con su condición de perro, de vigía, de solitario y de hereje.
He asistido en los últimos tiempos a la presentación de un libro que tenía todos los ingredientes de una fiesta de cumpleaños: discursos de los allegados, adhesiones inquebrantables, actuaciones artísticas y sorpresa del homenajeado, que no se lo esperaba; y, como en las fiestas de cumpleaños, invitados íntimos, menos íntimos y algunos que miraban, aplaudían e intentaban comprender las bromas privadas entre unos y otros. Eran los lectores. Pobres perros invitados a una fiesta de gatos.
He leído libros muy bien escritos, premiados y promocionados, elogiados por la crítica con generalizaciones altamente intercambiables. Y sin embargo los temas de los libros, su tratamiento, su estilo sumen a los lectores en un estupor intelectual considerable, en una espiral hipnótica hacia el aburrimiento, en un árido desamparo del espíritu. Primera posible consecuencia: los libros serán comprados por los incondicionales de las revistas culturales y los suplementos literarios, que propenden cada vez más al pensamiento único. Segunda posible consecuencia: gran parte de los compradores no terminarán su lectura, con lo que los laureados títulos pasarán a engrosar la Ingente Biblioteca Colectiva de Excelentes Libros sin Leer. Así se habrá dado un paso más en el camino de disociar calidad e interés.
Con los escritores de oficio escribiendo los unos para los otros y los críticos y editores pensando que imponen el gusto cuando lo que imponen es el disgusto, el lector, deseoso de ser seducido, se arroja en brazos de cualquiera capaz de hilvanar doscientas páginas con un mínimo interés.
He visto últimamente estas y otras cosas, que ni son las únicas ni las peores, y he meditado sobre ellas, que es lo único que puede hacerse ante el lógico devenir de la vida. Como no hay bien ni mal que cien años dure, llegará también el momento en el que los lectores, hartos de tener que elegir entre calidad correosa y bazofia de evasión, se declaren en huelga de ojos cerrados. Habrá entonces que regalarles los oídos con romances y trovas. Y el Precursor de los Editores de la Nueva Era dirá: “Pues que lo pide el vulgo es justo / fablar en prosa para darle gusto”. Esas palabras marcarán la feliz reinvención de la literatura.
Son cosas que aún están lejos, muy lejos, pero que ya asoman por el horizonte. Ya pueden ser intuidas, olidas, divisadas por el perro en el tejado.

23/12/07

Endogamia poética

En el número de Septiembre-Octubre de la revista Clarín hay algo muy interesante y que viene al caso. El caso es este debate, no tanto verso/prosa, como lo que es la poesía hoy en día, y si tiene sentido leer y escribir poesía actualmente. Por supuesto, aquí nadie es tan tonto como dudar de la pertinencia de leer a un Pessoa (en verso y en prosa), un Cernuda, Rosalía, cierto Juan Ramón, y ya no digamos un Dante, un Virgilio, los sonetos de Shakespeare.
El autor del texto sin desperdicio, hasta en las malevolencias, es Martín López-Vega y tuvo su polémica. Se titula "Si escribiera una poética diría más o menos algo así".

"Cada vez me gusta menos la poesía. En general, cada vez me gustan menos los gremios, y la poesía lo es, no solo de una forma social (congresos, lecturas, copas...): también los libros de poesía apiñados en las estanterías de mi casa son un gremio, y, si uno se descuida, acaban relacionándose más entre ellos que con el resto del mundo. Eso se nota en los libros de casi todos (incluidos los propios): más que lo que el libro nos dice sobre el mundo pesa lo que nos dice de la poesía. Y a mí la poesía solo me interesa por aquello que es capaz de decirme del mundo, por lo que puede explicarme de mi lugar en él, no por lo que diga del resto de la poesía. (...)
Escribo poesía porque quiero ser feliz, porque cuando una experiencia se pone por escrito se convierte en un escalón que ya hemos ascendido. Todo lo demás es literatura: o sea, palabrería, basura.
El problema de la poesía no es tanto lo que es capaz de decir como lo que no es capaz de decir. (...) Por eso no me interesa la poesía que se recrea en sí misma, que da vueltas una y otra vez sobre los mismos tópicos."

Y sigue. Tampoco voy a copiar todo. Pues esto era lo que uno entendía de la rivalidad verso/prosa comentada en el anterior post.

18/12/07

Prosa Vs verso

"Prefiero la prosa al verso, como modo de arte, por dos razones, la primera de las cuales, que es mía, es que no puedo escoger, pues soy incapaz de escribir en verso. La segunda, sin embargo, es de todos, y no es -lo creo de verdad- una sombra o disfraz de la primera. Vale, pues, la pena que la deshile, porque afecta al sentido íntimo de todo el valor del arte.
Considero al verso una cosa intermedia, un paso de la música a la prosa. Como la música, el verso es limitado por leyes rítmicas que, aunque no sean las leyes rígidas del verso regular, existen sin embargo como defensas, coacciones, dispositivos automáticos de opresión y castigo. En la prosa hablamos libres. Podemos incluir ritmos musicales y, a pesar de ello, pensar. Podemos incluir ritmos poéticos y, sin embargo, estar fuera de ellos. Un ritmo ocasional de verso no estorba a la prosa; un ritmo ocasional de prosa hace tropezar al verso.
En la prosa se engloba todo el arte, en parte porque en la palabra está contenido todo el mundo, en parte porque en la palabra libre está contenida toda la posibilidad de decirlo y pensarlo. En la prosa lo damos todo, por transposición: el color y la forma, que la pintura no puede dar sino directamente, en ellos mismos, sin dimensión íntima; el ritmo, que la música no puede dar sino directamente, en él mismo, sin cuerpo formal, ni ese segundo cuerpo que es la idea; la estructura, que el arquitecto tiene que formar con cosas duras, dadas, exteriores, y nos erguimos en ritmos, en indecisiones, en decursos y fluideces; la realidad, que el escultor tiene que dejar en el mundo, sin aura ni transubstanciación; la poesía, en fin, en la que el poeta, como el iniciado en una orden oculta, es siervo, aunque voluntario, de un grado y de un ritual.
Estoy seguro de que, en un mundo civilizado perfecto, no habría otro arte que la prosa. Dejaríamos los ponientes a los ponientes, procurando tan sólo, en arte, comprenderlos verbalmente, transmitiéndolos así en una música inteligible del corazón. No haríamos escultura de los cuerpos, que guardarían, propios, vistos y tocados, su relieve móvil y su tibieza suave. Haríamos casas sólo para vivir en ellas, que es, al fin, aquello para lo que son. La poesía quedaría para que los niños se acercasen a la prosa futura; que la poesía es, por cierto, algo infantil, mnemónico, auxiliar e inicial.
Hasta las artes menores, o aquellas a las que podemos llamar así, se reflejan, susurrantes, en la prosa. Hay prosa que danza, que canta, que se declama a sí misma. Hay ritmos verbales que son bailes en que la idea se desnuda sinuosamente, con una sensualidad translúcida y perfecta. Y hay también en la prosa sutilezas convulsas en que un gran actor, el Verbo, transmuta rítmicamente en su substancia corpórea el misterio impalpable del Universo."
(Fernando Pessoa, Libro del desasosiego)

8/12/07

UNOS ZAPATOS DE ANTE AMARILLO



Otra vez estaba allí sin saber qué hacía. Otra vez no había sabido decir dos veces no. Se miró a sí mismo y se encontró miserable y perdido. Ajeno a todo. La visión física que tenemos de nosotros mismos cuando no media un espejo es parcial y en escorzo superior. Él veía la cazadora que cubría su cuerpo y una perspectiva de piernas flacas que se perdía en los enormes zapatos amarillos. Le gustaban sus zapatos. Era lo único que le gustaba de él esa noche. Procuraba olvidarse de la conciencia de su cabecita desmedrada y despeluchada como la de un pollo recién nacido, y de su rostro débil e incierto y de la gran nuez que se paseaba arriba y abajo de su garganta. Se concentraba en sus zapatos de ante amarillo porque le parecía que esos eran los pies de aquel que siempre había querido ser. Un codazo y un rostro excitado y sudoroso ya. Se preguntó por qué todos sudaban menos él: ¿Quieres tomar algo? No, pensó. Una cerveza, dijo. Ramón le trajo la cerveza y se puso a su lado a beber otra. Detrás de ellos, las máquinas tragaperras, la de tabaco, la de juegos. Detrás aún la pared. Y detrás de la pared el pueblo desierto y frío con las estrellas congeladas contra el cielo de mayo. Las había visto al bajarse del coche, antes de entrar en el local que vibraba en la fila de casas de adobe. “La Panera de Benito” lo habían llamado, porque era así como se la conocía en el pueblo. El dueño era sobrino del tal Benito, le había dicho Ramón mientras iban de camino. Había hecho un buen trabajo. No había semana que no tocase algún grupo. Qué bien, había respondido él aunque no le parecía ni bien ni mal, ni tampoco sentía esa oscura emoción de Ramón por escuchar música en las paneras de los tíos ajenos. Pero las cosas eran así, Ramón era su amigo desde primero de EGB (tenían treinta y dos años ahora) y siempre se había ocupado de llevarle aquí y allá y él iba a donde le llevara Ramón porque era su amigo desde primero de EGB y aquí se cerraba el círculo y así eran las cosas.
El grupo de esa noche hacía música a un volumen diez veces superior al que él podía soportar, eso era lo único que sabía y la única opinión que podía abrirse paso a través de su cerebro devastado. Pero siempre era igual. Todos los grupos hacían música a ese volumen y él pasaba las noches de los sábados apoyado en la máquina de tabaco con sucesivas cervezas en la mano izquierda, llevando el ritmo con la cabeza y meneando la rodilla derecha, un alzamiento de cejas ante la llegada de los conocidos, poco más. Se preguntaba a veces, en las interminables veladas, si al resto de la gente le pasaría lo mismo que a él. Si soportarían el rito semanal de cerveza y estruendo pensando en las estrellas congeladas que habían entrevisto antes de entrar; imaginando que se prolongaba el silencio que les había acariciado a lo largo de la calle, desde que salieron del coche hasta que entraron en el vibrante local. Y les veía entregados y seguros. Tan convincentes. Al terminar, la excitación de Ramón, Son una caña estos tíos, ¿has visto como tocan? El batería es la hostia, tío. Y él, La hostia, ya lo creo. Sin pensar que mentía ni que dejaba de mentir.
La vio entre la gente, apoyada en una esquina, con una botella de cerveza en la mano izquierda y moviendo la cabeza al ritmo de las vibraciones. Los ojos, perdidos. El batería iniciaba en ese momento una brutal escalada hacia la demencia, que los aullidos del cantante intentaban ahogar. El teclado alternaba dos notas chirriantes como en un trance hipnótico y el bajo parecía no estar allí. Y ella, entre el humo, llevaba el ritmo con una placidez autista. El cuerpo allí, moviéndose de forma automática. La mente, muy lejos. ¿Otra cerveza? Pero no contestó a Ramón. En vez de eso, la señaló con la barbilla. ¿Esa?, dijo Ramón, Es una tía muy rara, amiga de no sé quién. Gritaba, y apenas podía oírle. Bueno, había dicho lo suficiente. La miró de nuevo. Su nariz la hacía parecer un extraño pájaro marítimo. Un pájaro sordo o tal vez atraído por chillidos que le resultaban familiares. Un pájaro que no sabía decir dos veces que no. Se preguntó cómo haría para que se fijara en sus zapatos amarillos. En esa panera reconvertida en manicomio, cualquier aproximación era incompatible con un buen comienzo. Las parejas se gritaban al oído frases cortas como lemas sin dejar por eso de llevar el ritmo con la cabeza. Todo era inmediato y todo se desvanecía al instante en el intento inconsciente de sobrevivir al ruido. Pero ella era rara, lo había dicho Ramón. Y eso era casi prometedor. Tal vez no habría que hacer nada, después de todo. Tal vez sólo mirarla de vez en cuando, su extraño perfil de alcaraván y sus ojos amarillos tan ausentes. Amarillos como los zapatos de ante. Permanecer allí toda la noche o todas las noches o toda esa enorme noche que eran las noches de sábado con Ramón, permanecer allí llevando el ritmo, imaginando silencio, alimentando la certeza de que en algún momento ella se fijaría en sus zapatos de ante amarillo.

25/11/07

COMADREJAS

Ese año hubo muchas comadrejas. Se las podía ver por todas partes, como relámpagos entre los trigos, asomando en la cuneta, cruzando veloces la carretera como las propias liebres. Su silueta alargada persistía un momento en la retina, proyectada en los párpados cerrados contra el sol. Yo sacaba la cabeza por la cabina del tractor para que me diera un poco el aire mientras subía la cuesta camino del pueblo. Era a la vuelta, cuando el atardecer ya era largo y daba tiempo a ducharse y pasarse por el bar de Emiliana antes de cenar. Se hablaba allí de las muchas comadrejas que había. Y también de cómo estaba la dueña.

Emiliana siempre había sido rara, de esas que parece que se lo debes y no se lo pagas, muchos aires de reina, lo de siempre cuando se ha sido y ya no se es. Cuando se murieron los padres de Agustín, sus suegros, ella se hizo cargo del bar. Decían que era para ganarse la vida, decían que era por entretenerse en algo cuando le venían los nervios. Total, lo mismo era.

El verano aquel hizo más calor que en veinte años. Salieron topillos por todas partes, y esa era la razón de las comadrejas según decía Vicente, que sabe de todo. Los topillos le gustaban mucho a Rafa. Se pasaba el tiempo espiándolos a la salida de sus madrigueras. Les ponía al alcance gusanitos, pequeños insectos. A veces conseguía que alguno se le pasease por el brazo hasta el hombro y entonces él se reía silenciosamente, en sacudidas emocionadas. Tanto como le gustaban los topillos odiaba Rafa a las comadrejas. Cada vez que enganchaba a una, la agarraba de la cola y la sacudía contra una piedra hasta que la reventaba. Una tarde trajo una, o lo que quedaba de ella. Entró en el bar y la puso de un golpe encima de la barra. Emiliana, que estaba sirviendo vino de la botella, lo tiró todo al suelo y se puso a chillar como una loca. Se la tuvieron que llevar adentro pataleando.

Rafa era, como se suele decir, un poco inocente. En invierno le tenían en un colegio especial, y en verano venía al pueblo. Se dedicaba a buscar topillos y a pedir a todo el mundo revistas de mujeres. Se entretenía recortando con unas tijeras la parte de las bragas, todas las fotos las recortaba igual a ver si encontraba algo debajo del papel. Si en un momento así lo interrumpías, se ponía muy violento. El resto del tiempo era un buen tío.

Fue un verano agobiante, el de las comadrejas. Las moscas no daban reposo ni dentro ni fuera. En el bar de Emiliana se arracimaban encima de las mesas, incordiaban posándose en la cara, en las piernas… y luego, el calor. Comentábamos los escotes de Emiliana cuando se inclinaba sobre la barra, comentábamos lo zalamera que estaba este verano ella que era tan altiva, y los sofiones que se llevaba el Agus, asomando a veces por detrás de la barra con su gorrilla de visera y su sonrisa de ojos guiñados. Hablar por hablar, para no hundirnos del todo en aquellos pozos de bochorno que nos mantenían presos y paralelos en nuestros sitios a lo largo de la barra. Matar el tiempo.

Que era la edad, opinaba Vicente. Que por fin había entendido Emiliana que le quedaba poco y había que disfrutarlo todo junto antes de que fuese demasiado tarde. Guiñaba un ojo cuando decía las palabras “todo junto” y Rafa iniciaba a la vez una risilla temblona y afilada que venía como de muy lejos a morir a sus labios. Parecía que entendía, el muchacho, comentábamos riéndonos. Y volvíamos a sucumbir a la modorra de aquellas largas horas.

Después de cenar nos íbamos al patio de Vicente. Su mujer sacaba clarete del que hacían ellos y nos quedábamos hasta las tantas. Se estaba bien allí con la trasera abierta, viendo pasar la gente. La mujer de Vicente se ponía en la calle a hablar con las vecinas. A veces venía Emiliana y se sentaba en una silla baja con mucho cruce de piernas y unas risas muy altas. “Ya está ahí tu novia”, le decía alguien a Rafa entonces. Y él parece que la venteaba y luego se quedaba enfurruñado y triste, al ver que nos reíamos. “No te preocupes, hombre. Cualquier día de estos se muere el Agus y te casas con ella”. Muchas noches Vicente sacaba un libro y nos leía trozos de novelas. Se acercaban entonces las mujeres y Emiliana suspiraba en los trozos que eran de amor. Un día, Rafa la ofreció un topillo de esos que siempre llevaba con él y ella se retiró con muchos gestos de asco “Qué pena de criatura -le dijo a la mujer de Vicente- un hombretón así con ese cerebro de mosquito…” Pero desde entonces, se arrimaba a él en el patio de Vicente. Hacía como si no, pero todos lo notamos.

Transcurría el verano, pero el calor no pasaba. Malhumor y hastío a lo largo del día, el campo recogido, casi nada por hacer. Bebíamos y volvíamos siempre sobre lo mismo. Los ojos y los escotes de Emiliana cada vez más hondos, Rafa pegado a ella con su mirada ida... La mujer de Vicente nos prohibió hablar de eso en su patio. “Cualquier día tenemos un disgusto -nos dijo-. Qué loca ha sido siempre la Emiliana. Yo no sé en qué está pensando esa mujer”. La mirábamos con una media sonrisa, cachondos e incrédulos, agotados de tedio y de calor. “No es para tanto, mujer…” “Sois unos insensatos, tenéis agua en los sesos…” “No es para tanto, maja…” “Al tiempo…”

El alboroto nos pilló en el bar, en uno de esos ratos entregados al sopor. Chillidos de Emiliana en la parte de atrás, alaridos como cuando Rafa le puso en el mostrador la comadreja. No pudimos conseguir que Rafa soltase al Agus hasta que vinieron los guardias, pero al menos evitamos que le siguiera golpeando la cabeza contra el tronco de la higuera. Aunque a veces me pregunto para qué. Ahora sigue asomándose a la barra con su gorrilla de visera que oculta los costurones, pero su sonrisa babea, y los ojos guiñados merodean en sus órbitas con una turbadora expresión indagatoria. De Rafa no sacamos nada en claro. Luego nos dijeron que lo habían internado. No lo hemos vuelto a ver. Emiliana ha vuelto a ser la de siempre. Altiva detrás de la barra, sin zalamerías ni escotes ya. Vicente, al que no se le escapa una, dice que del susto se le pasaron las ganas. Y que ella es la única que tiene la culpa de todo: del encierro de Rafa, de la baba en la sonrisa del Agus. Lo hablamos a veces en voz baja, apiñados en la barra como moscas de agosto. Nos dice Vicente que nos fijemos en Emiliana, en el gesto que hace sin querer: Emiliana se alisa la falda muy deprisa por encima de las bragas, muy deprisa y como con miedo, con sus manos finas de comadreja. Lo hace desde aquella tarde, que antes no lo hacía. Y eso que ha pasado tiempo ya…

Porque todo esto fue el año del calor, ese verano en el que el campo se llenó de topillos como los que le gustaban a Rafa.

15/11/07

Seis ideas de Pla sobre el realismo

Antes de que se nos muera el Círculo Solana por inanición, echaré mano de estas seis ideas de Josep Pla sobre el realismo. Que siga viva la llama del Manifiesto...


- Escribir una determinada impresión, sentimiento o idea teniendo en cuenta la totalidad del objeto y a la vez con la menor cantidad posible de palabras, con la mayor claridad, precisión y sobriedad.

- Una literatura de observación, de visión, de materialización, de alguna forma de conocimientos, de realismo, fina.

- Una literatura sin retórica, sin declamación, sin ínfulas.

- Nuestra estética está llena de limitaciones y su campo es la vida humana. Somos partidarios de la normalidad.

- El realce, el grafismo de las impresiones.

- La realidad es un fabuloso prodigio que se presenta ante nuestros ojos y ante nuestra sensibilidad, que no tiene límites, es inacabable.

(Diccionario Pla de literatura, Destino, 2001)

4/11/07

Veamos

Aquí.

Cupletistas de pueblo.

19/10/07

Ahora se escribe

Los grandes escritores nunca se acaban, como el papel higiénico ese famoso. Y no sólo porque hayan dejado a la viuda o a los nietos un cajón ingente de inéditos con los que entretener a los lectores durante décadas, como Pessoa y su famoso baúl, sino porque, principalmente, nunca acaba uno de leerlos, aún habiendo leído todo de ellos. Todo resulta familiar, pero se leen una y otra vez y nunca parece que se releen. Son así casos clarísimos de lecturas de doble fondo, como los armarios de los magos clásicos, donde meterse dentro es desaparecer o ver esfumarse a la sufrida señorita que lo mismo se deja lanzar cuchillos como se deja desaparecer. Lo hemos dicho mucho pero veo que no se gasta el individuo, y lo hemos leído mucho, pero ahí sigue causándonos asombro su escritura; el pintor y escritor José Gutiérrez Solana (el orden de los factores no altera el producto en este caso; “ahora se escribe” decía, o “ahora hay que pintar y olvidarse de escribir una larga temporada”, según, como dos artistas en uno) es un caso interesantísimo y casi único en el panorama literario español del siglo pasado. No entraré en el juego de decir si era peor o mejor que tal o cual; de él ha dicho Gaya, para hacerse una idea el que no la tenga, que llega a ser “como una novela de Galdós de la que se han perdido o traspapelado páginas y en la que nada concuerda ya, en donde los hechos no coinciden, no coinciden, pero existen”. Existen. Eso me parece, ¿pero por qué? ¿Qué tiene este escritor que no tengan otros? Intentaré apuntar algo.Ya tengo el tomo de La España negra (II) subtitulado Viajes por España y otros escritos; es un volumen grueso, de buen papel, que ahora está impoluto, blanco. Volveré sobre él muchas veces, una y otra vez, cuando los márgenes sean amarillos, como si estuviese mal del hígado, cuando pueda marcar las páginas con las canas que se me caigan, porque en algunos escritores buscamos algo más que regocijo de lector y los leemos como otros toman vitaminas o flores de Bach. Porque leemos como vampiros, también, y lo mismo que el teléfono móvil se enchufa para cargar la batería, nos acercamos a algún libro dispuestos a chuparle la sangre. Porque hay escritores que dan ganas de escribir, de cantar, de bailar claqué o de abrazar a la gente (de hacer algo, en definitiva, según las preferencias de cada uno), otros dan ganas de dormir y algunos en cambio, al leerlos, dan ganas de seguir leyendo.

Solana es de los primeros; lo lee uno más que para amodorrarse leyendo, para animarse; tiene el efecto chisposo y alentador de un vermú antes de comer, o de un chupito de licor café después. Más bien lo primero, que lo segundo provoca cierta somnolencia y el efecto es todo lo contrario; despierta y pone de buen humor, cosas que no siempre van unidas, quizá casi nunca. Por encima de esta prosa y de sus cualidades o negligencias (según algunos es un catálogo de tropelías lingüísticas), por encima de su naturaleza descriptiva y de las finuras temáticas tan mentadas que atraen su pluma y su pincel, por encima de todo lo que pueda ser su arte narrativo o pictórico, hay una cosa que me parece fundamental en sus escritos y que puede ser llamado de muchas maneras; hablamos del tono, o el temperamento. Ojo, que no el estilo, que saldrá de este pero que no es lo mismo. Si los ríos nacen en las montañas el río Solana nace muy arriba, y baja espumoso y revuelto y poco civilizado, si no es raro decir esto de un río. Sí, sería un río que pasa de protocolos. A veces se dice; escribe con las tripas, pues viene siendo algo así. Podríamos entrar en detalles, ya digo, en los entresijos de su escritura, pero lo que me interesa ahora es resaltar porqué atrae de esa forma su escritura. En Solana, esto, el tono, aparece casi desnudo, corretea en pelotas por el campo como un chalado que se escapó del psiquiátrico, salta a la vista sin muchos vestidos y capas que lo cubran. Lo apunta Ramón en su Diario el 16 de diciembre de 1920 sobre La España negra: “Acabo de leer el libro de Solana. Es sincero, rijoso y tiene un tono que se ha perdido entre los hombres.”

No hay escritor que escriba desde la nada, aunque lo parezca, pero hay escritores en los que esto se aparece más claro y con más fuerza; siempre hay una corriente subterránea que hace correr los ojos del lector por la página, y esa corriente con la que se unen las frases va más allá de lo que llaman el estilo, o más acá, y por una parte está el tono y por otro los recursos y herramientas del escritor, el oficio. Se ha dicho de muchas maneras, cada cual llama a esto cómo quiere; Hemingway decía que para escribir bien había que estar enamorado. Bueno, es un poco trabajoso, pero se refiere a eso. Habla de lo mismo. Lo dice Pla, con menos romanticismo: “Escribir con el temperamento —eso es lo esencial. Hay que escribir con el temperamento, pero lograrlo es difícil”. Unos recurren al alcohol, a las anfetaminas, y los hay que ya están como cabras y no necesitan trucos para escribir. El truco son ellos mismos. En Solana destaca esto, su truco, él mismo, que se esconde debajo de su buen oficio de escritor (que lo hay) pero no logra fabricar una prosa muerta, de árbol seco y hermoso a la vista, una cosa como de plástico; no, sus libros, muy trabajados, incluso a pesar de esto, están levantados sobre ese tono que da sentido al hecho de leer, que da sentido a la literatura, y digamos que esta se inventó con esto y por esto; es el fuego de la literatura, o la rueda.

Salvando todas las diferencias Cioran me recuerda mucho a Solana; en ambos sobresale esta elementalidad. Cioran es un filósofo, un pensador, y en cambio dice el rumano: “Yo nunca he escrito una sola línea a mi temperatura normal”. Son los puros de la literatura; los puros puros, literales, esos cigarros de los que no debemos tragar el humo. Decía mi abuelo de algunos vinos; “Eso es todo química”. Pues un Cioran y un Solana serían todo lo contrario. Buscamos en ellos un poco de eso, ese sabor que no sea todo química.

16/10/07

JULIO



Era imprescindible que yo lo hiciera, me dijeron. Y una gran oportunidad. Dos frases falsas y superfluas pero inevitables, sin embargo, en mi mundo. Tenía que entrevistar a Julián Martín Parera para el Extraordinario de Verano. La entrevista acompañaba al cuento dedicado al mes de julio que yo, “negro” entre los “negros”, debería escribir para él, y a la vez trataba de ser un señuelo para mí: por primera vez mi propia firma vería la luz. Mi propio nombre como entrevistador del presunto autor de un cuento que yo mismo tenía que escribir pero no firmar. Martín Parera hubiera dicho: “De folletín”. Yo, aunque no apostillo, hubiera reconocido sin embargo, si alguien me hubiera obligado a citar similitudes, que era una situación asimilable a una de esas que nutrían las “novelas por entregas” decimonónicas; pero a mí nadie me obliga a citar similitudes porque a nadie le interesa lo que yo pienso. Mis opiniones, por otra parte, suelen requerir más de cinco y más de seis palabras. Sólo soy lapidario cuando escribo para Martín Parera. Luego, se me olvida.
Así pues, la entrevista constituía mi ingreso en la visibilidad. “Así han empezado todos -me dijeron-; el mismo Julián Martín Parera escribió durante años los Ecos de Sociedad, aunque ahora parezca increíble.” Me abstuve de responder que si ahora parecía increíble era justamente porque ahora era yo el que escribía, y no Julián Martín Parera. No gustan, en mi mundo, ese tipo de sutilezas. “Ni siquiera tengo el cuento”. “Ese es tu problema. Pasado mañana tienen que estar las dos cosas”.
Eso me preocupó. Nunca había escrito cuentos para Martín Parera. Los argumentos de las novelas que él proponía y yo llevaba a cabo versaban siempre sobre un hombre sensible, inteligente y atractivo que no sabe muy bien cuál es su camino en la vida hasta que descubre una arrolladora vocación de escritor, a la que decide entregarse en la última página. Esa fórmula, repetida por Martín Parera con inmoderado afán y elaborada por mí con inmenso hastío, le había ganado los títulos de “Profundo Conocedor del Alma Humana”, y “Fino Observador de la Realidad Actual”. Pero un cuento era distinto. Martín Parera no había considerado necesario proponer argumento alguno para el cuento de verano. “Cualquiera”, me contó mi jefe que había dicho, magnánimo como un dios. Y había añadido: “Algo en mi línea, naturalmente; algo testimonial”. Dos días para hacerlo y ni una idea. Yo estaba muy preocupado.
Al día siguiente, llamaba a la puerta de EL RETIRO DEL LOBO, su casa de recreo en la provincia de Ávila. “Básicamente, me considero un lobo”, me espetó Martín Parera al minuto y medio de recibirme. Yo, la verdad, no supe qué decir. Siempre me ha trastornado de un modo singular el empleo inverecundo de los adverbios de modo. Así que le seguí por el jardín mientras repasaba lo que sabía de él: Ecos de Sociedad, corresponsal en los Balcanes donde creó un nuevo género periodístico, los “Ecos de Guerra” -maridaje alucinante entre la tragedia y lo melifluo-, de éxito sin precedentes entre las lectoras, matrimonio con la hija de un conde noruego, varios reportajes fotográficos sobre la pareja, declaración casi unánime de las mujeres de la Comunidad Europea de que Martín Parera, si bien no era guapo resultaba muy interesante, “proyectus interruptus” de novela -Bregando con la Muerte- que culminé yo, y tres novelas más (premiadas todas ellas, todas ellas apócrifas) cuyos títulos nada desdicen del primero: Martín Parera resulta devastador por igual a la hora de titular novelas, casas de recreo y a sí mismo.
Cuando el silencio comenzaba a hacerse un tanto tenso entre nosotros, apareció la nórdica condesa: “Como ya sabrá, a Julián sólo se le pueden hacer fotos de frente; siempre de frente. A Julián no le gusta su perfil, ¿estamos?”, declaró tan airada como si el perfil de Julián también lo hubiera escrito yo. “Una foto con la pipa en la boca, dos con el perro, otras dos sentado en la glorieta: en total cinco fotos”, concluyó. El lobo se había metido ya la pipa en la boca y posaba abrazado a su perro con aspecto cansado pero soñador.
La consigna era que la entrevista constituyera una charla distendida. Yo debía, pues, conducir a Martín Parera “por senderos agradables, cómodos e interesantes; nada de literatura, por ejemplo”, me había dicho mi jefe. Basándome en ello, había preparado un cuestionario cuya pregunta más transgresora era: “Desde su condición de testigo del dolor humano, ¿cómo asume usted los desequilibrios de todo tipo que se dan en el planeta?” Pensaba en ello mientras observaba a Martín Parera acariciar a su perro, que babeaba de la misma manera que babearían, con toda probabilidad, miles de mujeres en vacaciones leyendo su respuesta. “Un hombre muy interesante”, balarían complacidas sus adictas, tumbadas en su toldo de la playa quince días más tarde antes de pasar a leer el aún inexistente relato. Y en ese preciso instante, la idea del cuento para julio se formó nítidamente ante mí.
La entrevista discurrió por senderos agradables, cómodos e interesantes. Martín Parera charló conmigo distendidamente, asumió con desparpajo los desequilibrios planetarios, concedió una sexta foto posando de frente al lado de la nórdica condesa y casi al final, cebando la última pipa, contestó sin ningún reparo a mi última pregunta: “¿Se siente usted identificado con el protagonista de su cuento?” Martín Parera dio una serie de cortas chupadas, exhaló el humo, miró soñadoramente a lo lejos... “Plenamente”, dijo, y sonrió dando la audiencia por finalizada. Así mismo lo expresé en la entrevista: Plenamente -sonrió Martín Parera poco antes de despedirse de mí. “Plenamente”, susurrarían las lectoras antes de sumergirse en el cuento. Y es que Martín Parera es así. Directo. Lapidario. Interesante.
La sección “Opiniones del Lector” se vio copada por las cartas de miles de mujeres al límite de la furia. Las asociaciones feministas expresaron de maneras a cuál más contundente su estupor, su indignación y su rechazo ante aquel cuento tan esperado de un autor hasta el momento tan querido por todas ellas. “La desfachatez con la que este pretendido “compañero” se desprende de su máscara y aparece ante nosotras como el ser atroz, indeseable y repulsivo que se jacta de ser en la entrevista que precede a su "Julián en julio: confesiones de un lobo", cierra cualquier camino excepto el de la denuncia más contundente”, declaró una prestigiosa periodista en el siguiente número.
Otras opiniones fueron: “No podemos explicarnos qué ha podido suceder en el cerebro enfermo de Julián Martín Parera o qué siniestra broma carente de toda gracia le ha sugerido su condición de Doctor Jekill y Mr Hyde en su bochornoso relato "Julián en julio: confesiones de un lobo". De lo que no nos cabe duda es de que el hombre que se identifica “plenamente” con el patético protagonista de su cuento, ese baboso, maltratador y lascivo que no tuvo más remedio que hacerse escritor al descubrir que "desde que esas putitas (sic) habían aprendido a leer ese era uno de los medios más seguros de bajarles las bragas (sic)", ese hombre, decimos, no debe tener, de ahora en adelante, ningún lugar ni en la literatura ni en la sociedad de los seres libres.”
“Giro tan sorprendente como inaceptable en una de las más correctas trayectorias de la última década. El relato de Martín Parera es de un sadismo trasnochado y de un cinismo estremecedor. Su afirmación de que lo mejor que puede hacerse con una menopaúsica letraherida es lobotomizarla constituye un insulto intolerable.”
“Nunca transigiremos con quien considera a sus más fieles lectoras "como un hatajo de loros histéricos que me ponen la cabeza como un bombo en los actos culturales". Eso, señor mío, le define a usted.”
Etcétera, etcétera, etcétera...

Lo demás es fácil de deducir. Martín Parera tuvo que arrastrarse varios meses por todas las asociaciones feministas de Europa hasta reconciliarse de nuevo con sus lectoras. La nórdica condesa le repudió, llevándose las tres cuartas partes de su fortuna, y sólo consintió en perdonarle cuando su siguiente novela, "La diosa madre", dedicada a ella, ganó el “Premio Artemisa al libro más comprometido con la Causa de la Mujer”. Pero yo ya no tuve nada que ver con eso. Durante los dos días de julio que pasé componiendo febrilmente aquel cuento, descubrí en mí una arrolladora vocación de escritor a la que me he entregado. Ahora invento mis propios relatos. Los que los han leído los califican de inmorales, desagradables, irreverentes e impublicables. Prometedor, en mi mundo.
Hace poco me encontré con mi antiguo jefe. “No sé qué te pasó por la cabeza, ni me importa -me dijo-; espero que te resultase divertido, porque con todo aquello perdiste una gran oportunidad”. A lo que no pude por menos de responder: “Era imprescindible que yo lo hiciera”.

13/10/07

Baroja en movimiento

Siempre me ha hecho gracia cómo empieza sus memorias don Pío (sí, otra vez por aquí):
"Yo no tengo la costumbre de mentir. Si alguna vez he mentido, cosa que no recuerdo, habrá sido para salir de un mal paso. No por pura decoración. Los hechos de la vida están casi siempre tan conectados el uno con el otro, que el mentir para darse tono me parece una estupidez sin objeto."
[...] "A mí se me ha ocurrido escribir unas Memorias ahora que ya no tengo memoria. Me he metido en esta tarea por la fuerza de la inercia. Leer, he leído mucho, quizá demasiado; hacer, ¿qué voy a hacer? No me voy a poner a estudiar matemáticas ni plantear negocios. No tiene uno la cabeza fuerte para eso. Dormir, me gustaría dormir mucha horas, pero duermo poco y mal."
Y más adelante nos sitúa. La verdad es que los prólogos de Baroja suelen ser una gozada; describe la vista desde un hotel, en alguna ciudad, o nos habla de las cuitas con su editor, o justifica sus libros, el libro que viene, de una forma bastante cómica. Parece que si fuese por él no haría nada; empezó escribiendo para pasar el rato, por llenar las hojas vacías de su cuaderno de médico en Cestona, y después para sacar unas pesetas se puso a escribir como una máquina, toda la vida.

"Este verano de 1941 lo he pasado en Itzea, en mi casa de Vera, leyendo y escribiendo. Me levantaba antes de las seis de la mañana, al sonar el Angelus, y, después de arreglarme un poco, estaba para esa hora dedicado a mi tarea.
El tiempo era para mí delicioso, tibio, húmedo y de poco sol. En estas primeras horas del día, la niebla gris dominaba el valle e iba después deshaciéndose y desapareciendo hasta dejar el cielo claro con un azul suave con nubes blancas sobre las alturas de los montes."
Vuelvo a sacar al bueno de Baroja aquí porque me encontré un fragmento de una película (Zalacaín el aventurero, de Juan de Orduña, 1955) en la que sale él, aunque su voz no le pega, entre otras cosas porque está doblada, juraría. Un actorazo, qué dominio, parece nacido para chupar cámara.

10/10/07

La España Negra II, de Solana

Ya tengo en mis manos, ¡por fin!, La España negra II, subtitulada Viajes por España y otros escritos. Os cuento mis primeras impresiones. Por supuesto, sólo con hojearlo un poco puedo asegurar que el libro es la leche y que cualquiera que lo lea va a disfrutar un huevo (hablando pronto y mal). Además, los solanistas estamos de enhorabuena, porque en la solapa final se anuncia una nueva publicación de nuestro ídolo: sus textos, también inéditos, sobre París.
Ricardo López Serrano ha sido el encargado de transcribir y poner en orden los manuscritos de Solana. En un estudio introductorio nos cuenta detalladamente su gestación. No sé si es porque lo he leído de pie en el autobús, con los codos de las señoras moviéndome las tapas, pero no me he enterado muy bien. El caso es que se supone que son inéditos y que estaban en una maleta que acabó siendo donada por la familia al museo Reina Sofía: unos son capítulos nuevos de libros ya publicados, otros trozos de obras en gestación que se quedaron sin terminar, otros pasajes que el propio autor desechó...
Nos da un poco de envidia la labor de este Ricardo López Serrano, ahí, imagino que durante meses, trajinando con los manuscritos solanescos. (Lo que me parece que no viene a cuento es ese chiste final sobre la T-4 con la que termina su introducción. Hay gente a la que le gusta cagarla de la manera más tonta, no sé por qué...)
Por su parte, en un prólogo de dos páginas ("Gaveta solanesca" se titula) Trapiello dicta sentencia: "Solana es uno de los grandes escritores españoles del Novecientos. No es superior a Baroja, a Azorín, a Unamuno o Galdós, pero no es inferior a ninguno de ellos". No creo que decir las cosas así, tan tajantemente y haciendo esas comparaciones, sirva de gran cosa, pero considero que en el fondo tiene razón. Un poco después dice, jugando retóricamente con el principio de no contracicción: "Este libro inédito es y no es como los otros seis del autor". Como decía doña Rosa la de La colmena: "¡Nos ha merengao!".
El diseño de cubierta no me ha gustado nada. El de la primera parte era mil veces mejor.
***
El libro empieza, como La España Negra I, con otro genial "Prólogo de un muerto", que me parece si cabe más surrealista. Os pongo un trozo en el que salen algunos cadáveres de nuestros amigos escritores cuyas fotos aparecen en el margen. Solana se despierta dentro del ataúd, en el cementerio:
"Ha pasado el tiempo, no sé cuánto; mis miembros han ido recuperando poco a poco algo de vigor y al terrible pánico pasado ha sucedido una curiosidad sin límites, un deseo de verlo y escudriñarlo todo. Entra la luz por una claraboya y veo figuras con los atributos mortuorios, el ángel del dolor, y unos angelones con unas trompetas de la fama en alto. Salgo a ver esto aunque tengo los mienbros entumecidos, y con sorpresa leo sobre el mármol blanco con letras de bronce: "Panteón de Hombres Ilustres" [...].
El féretro de La Cierva se ha corrido un poco y ha podrido media cara al subsecretario Martínez Ruíz, Azorín, por estar debajo, como una muela podrida corrompe a otra. Azorín está en el nicho vestido de subsecretario, un uniforme muy recargado de oro, pero algo apolillado por algunos sitios; la parte de la cara que da a La Cierva está horrorosamente desfigurada, comida de gusanos y con un ojo fuera; los dientes como fuera y desprendidos de los alvéolos; tiene la boca entreabierta para poder respirar pues la nariz la tiene tapada con la mano porque encima de su nicho está el del ministro Juan de La Cierva y este tipejo, hombre de brazos cortos y afeminado, huele tan mal de los gases que lleva dentro de su cuerpo venenoso que parece que ha filtrado pus y veneno a los compañeros de admiración de política y de automóvil pues todos están negros y huelen a retrete. [...] Azorín tiene un pie fuera y podrido.
[...] Luego atrae mi vista una tumba llena de cintajos y banderas. Después de hacer algunos esfuerzos para separar estos engorros, puedo percibir la simpática figura de Don Benito Pérez Galdós. El gran escritor está enfundado en un gabán y todavía calza una abigaradas zapatillas de orillo; tiene las puntas de los dedos quemadas por el tabaco y los párpados unidos aprisionando sus ojos pequeños que tanto vieron y que tan bien supieron escribir.
La Emilia Pardo Bazán está enterrada con la muceta y toga de catedrático de literatura de la Universidad de Madrid; tiene puestos los impertinentes y por debajo de una falda morada con lentejuelas, de reunión, se ven los zapatos de baile; tiene en su nicho dos pebeteros encendidos y, a pesar de que la han embalsamado, su putrefacción es tan grande que no hay modo de enterarse de más detalles de su "tualet". Huele también tan mal que ha podrido todo el traje de reunión y de baile con que fue enterrada, los encajes, los chapines llenos de pus pestilente y los tacones torcidos en los que hay agujeros por los que han entrado gusanos y culebras que se asoman a las ventanas de sus tibias [...].
[Pío Baroja] está en el nicho con la cabeza gorda, pues la boina le viene chica, y conserva una maleta al lado, uno de esos maletines que traen los viajeros cuando vuelven de Roma de visitar al Papa con botellas de aguas benditas, cintas y escapularios."
Etcétera. Feliz lectura a todos.

9/10/07

UNA RIÑA EN LA PRADERA

"...Una peripecia nos detuvo unos breves instantes. Fue una pelea de mujerotas. Pelea muy rara: por lo regular, estas riñas van acompañadas de vociferaciones, de chillidos, de injurias, y aquí no hubo nada de eso. Eran dos mozas: una que tostaba grabanzos en una sartén puesta sobre una hornilla; otra, que pasó y con las sayas derribó el artilugio. Jamás he visto en rostro humano expresión de ferocidad como el que adquirió el de la tostadora. Más pronta que el rayo, recogió del suelo la sartén, y echándose a modo de irritada tigresa sobre la autora del desaguisado, le dio con el filo en mitad de la cara. La agredida se volvió sin exhalar un ay, corriéndole de la ceja a la mejilla un hilo de sangre; y trincando a su enemiga por el moño, del primer arrechucho le arrancó un buen mechón, mientras le clavaba en el pescuezo las uñas de la mano izquierda: cayeron a tierra las dos amazonas, rodando entre trébedes, hornillas y cazos; se formó alrededor corro de mirones, sin que nadie pensase en separarlas, y ellas seguían luchando, calladas y pálidas como muertas, una con la oreja rasgada ya, otra con la sien toda ensangrentada y un ojo medio saltado de un puñetazo. Los soldados se reían a carcajadas y les decían requiebros indecentes, en tanto que se despedazaban las infelices. Advertí por un instante que se me quitaba el mareo a fuerza de repugnancia y lástima: me acordé de mi paisano Pardo y de aquello del salvajismo y la barbarie española..."
Emilia Pardo Bazán, Insolación

7/10/07

La novela realista, según Baroja

Escuchemos lo que nos dice este señor de la boina (con sus ambigüedades y contradicciones):


La novela, cajón de sastre:
"¿Hay un tipo único de novela? Yo creo que no. La novela es un género multiforme, proteico, en formación, en fermentación. Lo abarca todo: el libro filosófico, la aventura, la utopía, lo épico, lo lírico, todo absolutamente. Pensar que para tan inmensa variedad puede haber un molde único, me parece dar prueba de doctrinarismo y de dogmatismo. Si la novela fuera un género bien definido, como un soneto, tendría una técnica también definida. [...]"
***
Breve historia de la novela realista:
"Creo que la novela realista comienza en la literatura griega, en El asno de oro de Luciano de Samosata [...]; el de Apuleyo sale de idéntica cantera. A estas obras se une con el tiempo, por su cinismo, su realismo y sus detalles crudos, el Satiricón, atribuido a Petronio. [...]
El segundo foco en la historia de la novela realista mundial es España, con el autor de El lazarillo de Tormes, Cervantes, Esquivel, Quevedo, Vélez de Guevara. [...] En Francia aparecen Lesage y su Gil Blas. [...]
Otro carácter tomó la influencia de la literatura realista en Inglaterra. Aquí dejó su huella en Defoe, en Fielding y en Smollett. [...] La influencia de la novela realista española llega hasta Dickens, que a mí me parece uno de los escritores más extraordinarios del mundo, autor que ríe y llora, como un clown sublime. [...]
La novela realista pasa de Inglaterra a Rusia en el siglo XX; todavía la huella española se advierte en tres grandes escritores: en Gogol, en Turgeniev y en Dostoyevski. [...]"
***
Tipos de novela:
"Hay un tipo de novela esquemática, cerrada, de una unidad completa; y otra anárquica, multiforme, proteica y porosa. Respecto a la unidad del asunto, el aislamiento del proceso de la novela está bien, siempre que se pueda realizar lógicamente. El no conseguirlo o el no practicarlo es un defecto. La novela debe encontrar su finalidad en sí misma (una finalidad sin fin), debe contar con todos los elementos necesarios para producir su efecto; debe ser, en este sentido, inmanente y hermética. La novela cerrada, sin trascendentalismo, sin poros, por donde apenas entra el aire de la vida real, puede ser, indudablemente, y con mayor facilidad, la más artística. Existe la posibilidad de hacer una novela clara, limpia, serena, de arte puro, sin disquisiciones filosóficas, sin disertaciones ni análisis psicológicos, como una sonata de Mozart; pero es la posibilidad solamente, porque no sabemos de ninguna novela que se acerque a ese ideal. Por ahora, vemos la posibilidad; pero no el camino de realizarla. [...]"
***
La invención:
"Se dice que no es posible inventar una intriga nueva, que el filón está agotado. No lo creo. [...] En la novela y en todo arte literario lo difícil es inventar, sobre todo inventar personajes que tengan vida y que nos sean necesarios sentimentalmente por algo. [...] La composición de un libro, la corrección de la prosa, tienen importancia, claro es; pero como se pueden mejorar a fuerza de estudio y de trabajo, no dan esa impresión fuerte y sugestiva de la fantasía.
Por la invención son grandes Shakespeare, Cervantes, Molière, etc. Los escritores del XIX no pudieron inventar tipos tan sintéticos como los del XVI y XVII, no pudieron crear esquemas necesarios en nuestra vida sentimental, aunque muchos de estos escritores, como Dickens, Dostoyevski, Tolstoi e Ibsen, son de lo más grande que ha tenido la Humanidad. [...]
El detalle inventado y mostrenco salta a la vista como cosa muerta. El escritor puede imaginar naturalmente tipos e intrigas que no ha visto, pero necesita siempre del trampolín de la realidad para dar los saltos maravillosos en el aire. Sin ese trampolín, aun teniendo imaginación, son imposibles los saltos inmortales. [...]
La necesidad de la verdad en el detalle la siente el novelista moderno, hasta el punto de que todo lo que es engarce, montura, puente entre una cosa y otra, es decir, arte literario, técnica aprendida, le fastidia."

(Pío Baroja, Sobre la novela realista)

30/9/07

UN GALGO ENTRE LA NIEBLA

Podría empezar diciendo: “Un pueblo envuelto en niebla y de pronto, un galgo”. Pero no fue exactamente así.
De nuevo: Las calles de un pueblo castellano envueltas en la niebla, y un galgo surgiendo de repente.
Sin embargo, las calles no estaban envueltas en niebla sino que ellas envolvían la niebla y le daban cauce. Era un tránsito de la niebla a través de las calles, encajonada en ellas como una multitud átona y compacta. Silenciosa. Sorda. En los márgenes, casas de adobe como acantilados. Al fondo -al relativo fondo de la niebla- un farallón de piedra con escudos. Y ese frío tan tibio de estar en una nube, esa conformidad.
El galgo. Las patas kilométricas, la inquietud, las orejas en punta, las costillas. Surge y desaparece para dejar un rastro alucinado de deseo. El galgo es un deseo imposible de algo que no se acierta a definir. El galgo llega, se muestra, inquieta a la conformidad y se escapa de un salto al otro lado. Veremos que hace bien.
No hay que olvidar que he dicho “un pueblo castellano”: Niebla, conformidad, galgo, deseo. Casas de adobe y casas con escudo. Nadie en las calles si no es la niebla, silenciosa y sorda. Y el galgo alucinado.
En esta tierra aman a los galgos, podría decirse. Pero no es exactamente así.
De nuevo: En esta tierra desean poseer un galgo (poseer es la clave). Su cuerpo fino y móvil, sus orejas en punta, sus ojos atónitos. Los que poseen galgos hablan de ellos, citan sus nombres y sus hazañas venatorias. Porque los galgos son para cazar. El galgo poseído se lanza al monte para cobrar las piezas y se las trae al amo. Las suelta de la boca a los pies del hombre y este a veces le acaricia la pequeña cabeza entre los ojos o le palmea distraído el elegante lomo. Quien tiene aquí un buen galgo es envidiado (envidia es otra clave). Una criatura viva, brillante y poderosa a la que poseemos. Que nos hace pensar que somos cazadores. Que somos como ella. Hasta que un día el galgo ya no puede cazar.
Es posible que ese sea un día de niebla de finales de enero. Se ha acabado la veda. Saliendo del pueblo puede cogerse un camino embarrado entre las naves donde balan las ovejas. No se ve a una distancia de dos metros, pero el que camina conoce el lugar desde que nació. Podría decir cuántos pasos hay hasta la olma muerta, la curva del sendero que lleva a los pedregales, el pequeño desmonte sobre las eras. Detrás camina el galgo. Llegados a la zona de carrascas la niebla se hace más espesa. Casi no se siente frío, sólo humedad perlada en la frente o encima del labio. Como sudor.
El hombre de la niebla es un hombre conforme con las cosas: el monte de carrascas, la cuerda de esparto, el galgo que ya no puede cazar. Cuando vuelve a pasar por las naves, regresando solo al pueblo, los balidos de las ovejas le confortan. Es un hombre silencioso y podría decirse que sordo. Pero no es así. Es sólo que la niebla tamiza los sonidos, ahoga los alaridos del deseo semiahorcado (semiahorcado es la clave). Pueden pasar días antes de que estos cesen porque el deseo es muy fuerte en esta tierra plana. Mucho y desesperado, pero no más potente que el tibio frío de la conformidad.
Hoy, el galgo que ha surgido de la niebla en mitad de la calle de un pueblo castellano se ha marchado de un salto y ha habido un fogonazo de deseo sacudiendo el silencio sordo y blando y escapando después. Como una alegoría, podría decirse, aunque no fuera exactamente así.
La realidad desnuda: Un pueblo castellano que hace crecer la niebla entre sus calles, y en medio de una de ellas un galgo de repente que surge y que se va. Yo estaba allí, lo he visto y me he alegrado de que el galgo escapase. Me he alegrado por él.

29/9/07

NUBES


Iván Turguenev, 'El prado de Biezhin'

Era un maravilloso día de julio, uno de esos días que sólo se ven cuando el tiempo se ha fijado para largo. Desde el amanecer el cielo está sereno; la aurora no ofrece fulgores de incendio, sino que se difunde en dulces tintes rosados. El sol no despide fuego, no está al rojo vivo como durante la tórrida sequía, ni tiene el tono purpúreo mate que ofrece antes de una tormenta, sino que brilla límpido y resplandeciente y emerge apacible de una nubecilla estrecha y larga, irradiando un cierto frescor, sumiéndose de nuevo en la malva neblina. El finísimo borde superior del alargado estrato, cuyo brillo recuerda el de la plata batida, resplandece serpenteante... Pero los rayos juguetones surgen de nuevo y el astro potente se eleva risueño con impulso impetuoso.

Hacia el mediodía, aparecen de ordinario multitud de nubes altas, pequeñas y redondas, de color gris dorado, bordeadas de una suave y blanca cenefa. Semejantes a los islotes, esparcidos sobre un río que se desborda hasta el infinito y los contornea por completo con sus azules y transparentes brazos, casi no se mueven, pero más allá, hacia el horizonte, se desplazan, se estrechan unas contra otras, y entre ellas no quedan ya vestigios de azul, aunque tienen el mismo color del cielo y están impregnadas de luz y de calor. El horizonte conserva todo el día un suavísimo y uniforme tinte lila pálido: no se oscurece por ningún sitio, ni hay el menor atisbo de tormenta; tan sólo en algún que otro lugar se extienden de arriba abajo franjas azulencas, señal de alguna, casi imperceptible, lluvia.

Hacia la tarde, estas nubes desaparecen; las últimas, negruzcas e imprecisas como el humo, forman ovillos delante del sol que se pone; en el lugar donde se ha ocultado con igual serenidad que había salido, una aureola rosácea nimba cierto tiempo la tierra ensombrecida, y titilando vacilante, como una vela llevada con precaución, hace su aparición en él el lucero vespertino.

Tales días, todos los colores se suavizan; y aunque claros, nos deslumbran; todo lleva la huella de una dulzura enternecedora. Tales días, el calor es, a veces, excesivo, e incluso un cierto vaho se desprende de las lomas que rodean los campos; pero el viento desvanece, disipa el bochorno y los remolinos -signo indudable de buen tiempo- se desplazan, formando columnas blancas, por los caminos que cruzan los sembrados. En el aire puro y seco flota un olor a ajenjo, a centeno recién segado, a alforfón; incluso hasta la caída de la noche no siente uno la menor humedad. Este es el tiempo al que aspira el labrador para la recolección del trigo.

25/9/07

Balzac por Sololibros

Propongo una lectura a los compañeros y amigos de este blog. Es la conocida página de crítica literaria Sololibros, y versa sobre el libro de Balzac La búsqueda del absoluto. Estuve a punto de comprarlo el otro día y cierta desconfianza en la traducción, o más bien en la prosa de Pujol (prejuicios, quizá), me hizo dejarlo en la estantería.

Bueno, la lectura tiene miga. El autor es el Sr. Molina. Si hay ganas de debate nos vemos a la vuelta.

21/9/07

Notas para matar el tiempo

Ahora que el Club Solana en pleno ha vuelto de vacaciones, creo que es hora de empezar a dar guerra, aunque sea a nuestro propio cerebro, más que nada para pasar el rato, por eso de hacer la vida un poco más entretenida y llevadera. Si os apetece, claro. (Por cierto, Antonio, esperamos el trasvase a este blog de la rusificación. Se trata de pensar un poco sobre lo que sea, para aclararnos, ¿no? Yo, por lo menos, sigo sin tener las cosas claras.)
Se me ocurren, por lo pronto, estos tres temas o temillas, que ya hemos apuntado en otras ocasiones:
1) Aprender a escribir mal.
Un poco, al menos. Que las cosas chirríen con naturalidad, como los gritos en el mercado.
Se lo he oído más de una vez a Mabalot, y creo que está en lo cierto. Por un lado, supongo que consiste en desaprender “la escritura”, sus artimañas retóricas, esos clichés consabidos, esos packs de sustantivos y adjetivos (o de verbos y adverbios, o lo que sea) que la gente se traga como si fuesen píldoras de hormigón... Quitarnos la cacurri de tanta lectura. La caspa que cae de nuestra memoria de lectores.
Hacer justo lo contrario de lo que deben de hacer (imagino) en los talleres literarios. O saber desprenderse de eso al escribir. Esto no significa, en ningún caso, renegar de la técnica (cosa que sería absurda, o imposible). Quizás buscar una antitécnica, que es otra forma de técnica, no sé.
Por otro, decir sólo las cosas que uno haya buscado -y encontrado- antes, o que le hayan llegado a uno directamente de la vida. Que lo que sale por la boca o por el boli sea verdadero (y esto, lo reconozco, no sé qué significa). No se trata de ser original, sino de ser sincero. Lo demás es mentira (¿y todo es necesariamente mentira, o plagio?).
Gran problema: el lugar de la técnica.
2) No cerrar los muros de la patria mía.
Hay escritores que conciben su obra como eso: como un fortín. Y cuanto más altos sean los muros para impedir el acceso más satisfechos se encuentran, en su torre de marfil. Frente a eso, supongo que se trata de abrir las puertas al otro, para que se airee el cuarto, que siempre huele a cerrado. Abrirse las carnes uno y mostrárselas al otro, para que sienta también que se le abren, o casi. Presentar un mundo habitable, donde puedan campar a sus anchas todos los hombres de dios. La inteligibilidad, que decía antes de ayer Josep Pla. (Qué palabra más horrible, por cierto, más poco inteligible: la inteligibilidad).
Problema: la posible sumisión del escritor al público.
3) El párrafo verdadero.
Hablaba el otro día Castellote de la bella página. La bella página como ese engaño, la gran perdición de nuestras letras. Bien. Yo no creo en la bella página. No creo en la bella página, pero sí en el párrafo verdadero. La frase se queda generalmente corta y el libro es siempre demasiado largo (y hasta el capítulo). En el párrafo está la medida de la idea (de las ideas), con su tropa de imágenes y palabras. Ahí es donde se dirime el sentimiento. A veces el párrafo tiene el viento de culo y resbala un rato más, pero antes o después debe saltar al siguiente. Somos seres vivos: respiramos.
Quede claro que no es una cuestión de estilo. La medida del párrafo, a mi modo de ver, sería ésta: "lo que se puede escribir de un tirón".
Problema: entre otros muchos, la inutilidad del libro (que parece ser el único producto válido en esta labor de escribir). (Definitivamente, esta hipótesis del párrafo es muy muy discutible).
PD: A todo cabe decir: "Vale, ¿y eso como se hace?"

11/9/07

El héroe y la tormenta

Lo que sigue es un texto de Anton Chejov sacado de la introducción del traductor de Mi vida. Relato de un hombre de provincias (Alianza Editorial, 2003), que no entiendo bien de dónde lo ha sacado (no parece una carta de Chejov, sino lo que le dijo a alguien).
Salvo la moraleja final (tipo "literato salvador-de-la-humanidad", que pongo en cursiva), estoy bastante de acuerdo con lo que dice. No sé, podría servir de base para una discusión generacional:
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"El arte tiene de especial y de bueno que en él no se puede mentir. [...] A menudo me echan en cara (hasta Tolstoi me lo ha dicho) que escribo sobre bobadas, que no tengo héroes positivos, revolucionarios, Alejandros de Macedonia o siquiera, como en las obras de Leskov, un guardia honesto [...] Pero ¿dónde encontrarlos? Me encantaría. Pero ¿dónde están? Nuestra vida provinciana, las ciudades sin pavimentar, los pueblos, sumidos en la pobreza, la gente hecha trizas [...] Todos cuando somos jóvenes piamos felices como gorriones en el estiércol, pero cuando tenemos cuarenta ya somos viejos y empezamos a pensar en la muerte [...] ¿Nosotros, unos héroes?
Dice usted que ha llorado con mis obras [...] No es para eso que las he escrito. Lo he hecho para decir a la gente sólo una cosa: "Miraos bien y fijaos en la vida inútil y triste que lleváis". Lo más importante es que la gente se dé cuenta de esto. Y cuando lo entiendan seguro que construirán otra vida, una vida mejor [...] Yo no lo veré, pero lo sé, será una vida completamente nueva. ¿Y los que no ya lo han entendido? Bien, estos encontrarán el camino sin mí...
Bueno vámonos a dormir, se acerca una tormenta."
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Aunque empieza muy mal, para mi gusto (hablando del ARTE, cosa que odio), termina estupendamente su alocución: VÁMONOS A DORMIR, SE ACERCA UNA TORMENTA. Pues eso.

22/8/07

Solana por Gaya

En un libro de entrevistas que se acaba de publicar este año le preguntan a Ramón Gaya que qué le parece el Solana escritor:

"Entonces todos conocíamos su escritos. Cuando Solana publicaba un libro, acudíamos en seguida a la librería a comprarlo. Es un escritor de raza, aunque no hace más que contar las cosas simplemente. Es mucho más fuerte que Baroja, más tremendista. Los temas de sus cuadros están ahí; todo eso lo ha visto, no se lo han contado. Él lo describía cuando pintaba. En realidad, en sus pinturas, no busca tanto pintar un cuadro como contar lo que ha visto, pero como es un pintor, pues pinta un cuadro: 'Había una vieja.. y estaba escupiendo sangre...', y eso lo pinta. Sólo que en vez de ser un naif, que no sabe pintar, resulta que es un gran pintor y, claro, eso aparece. Si no fuera el pintor que es, eso que pinta no tendría ningún interés. Y todo hecho con esa misma expresividad que tiene también Van Gogh.

Hay algo sumamente directo en estos dos pintores. De la naturaleza a ellos y de ellos a la naturaleza. Hay como una comunicación primaria, algo como antes de la cultura; por eso tienen esa intensiva expresividad, y como una cierta torpeza, se puede hermanar con la torpeza, pero es una torpeza muy especial."

(Ramón Gaya de viva voz, Entrevistas 1977-1998, editorial Pre-textos 2007, pág. 62)

Las negrillas son mías, que me parecen estas frases muy acertadas definiendo a Solana. Cuando habla de esa intensiva expresividad para referirse a su pintura muy bien puede estar definiendo su estilo literario, su escritura, y también esa cierta torpeza que agudizan la sensación de estar leyendo algo que ya no es literatura, o que ya no se deja atrapar, obediente, por el ojo acostumbrado a leer literatura. Es el tono, quizá, que usa el lenguaje sin adaptarse a él, a sus formas dada, a sus moldes; lo destroza, sin grandes desgarrones tampoco, para adaptar el lenguaje a su interior, ese río de imágenes que recorre mentalmente y que traduce en palabras.

20/8/07

Más Solana

Gracias a nuestro admirado amigo (y miembro también de esta boinocéfala generación) pongo aquí esta noticia sobre Solana. En septiembre, al parecer, empezará a circular el libro, según cuentan en la librería Michelena de Pontevedra.

"Trapiello afirma que Solana es como Baroja y Galdós al recopilar sus inéditos

Alfredo Valenzuela.

Sevilla, 19 ago (EFE).- El escritor Andrés Trapiello sostiene que el pintor José Gutiérrez Solana (1886-1945) no es, como escritor, inferior a Baroja, Azorín, Unamuno o Galdós en las palabras preliminares que ha escrito para "La España (II)", volumen que recoge textos hasta ahora inéditos del pintor y escritor.

Editado en Granada dentro de la colección "La Veleta", que el propio Andrés Trapiello dirige, el volumen recoge trescientas páginas de inéditos solanescos precedidos de un "estudio" de Ricardo López Serrano, que se ha encargado también de clasificar estos textos, algunos de ellos conservados incompletos.

Camilo José Cela calificó de "ejemplares" los seis libros publicados por Solana, del que este nuevo toma el título del que quizás sea más conocido, "La España negra", también por la temática y el tono de estos textos que, según Trapiello, "son los mismos de siempre".

Estos inéditos se dedican al "universo de los desamparados, la alucinación de sus paisajes y unas criaturas aplastadas por su carnavalesca sinrazón, y, desde luego, a la terrible verdad de saber que no somos muy diferentes de nuestras máscaras ni nuestras máscaras muy distintas de nosotros", en palabras de Andrés Trapiello.

Tal vez por no haber conocido editores anteriores ni correctores, estos escritos, a diferencia de los otros seis libros de Solana, tienen "en algunos pasajes, mayor autenticidad y primitivismo", según añade Trapiello, quien reseña que esto "añade si cabe más expresividad al conjunto", integrado por textos sobre toros, oficios, los cafés de los pueblos y hasta sobre "Crímenes pasionales".

Hay fragmentos de "Viajes por España", con descripciones de Barcelona, Talavera de la Reina, Chinchilla, Cuenca, Toledo, Haro, Soria y Segovia, así como varios agrupados bajo el epígrafe genérico de "Santander", "Madrid" o los dedicados a Chinchón, Boadilla del Monte, Villaviciosa de Odón, El Escorial o Navalcarnero, agrupados bajo el de "El libro de los pueblos de Madrid", ya que, como destacan Trapiello y López Serrano, algunos de ellos se debían a libros proyectados por Solana que no llegó a publicar.

El capítulo de "Madrid", por ejemplo, incluye epígrafes que ya avisan de lo que va a venir después, como "La recogida de los perros, los laceros y el depósito del canal", "Los locos", "El carnaval de Carabanchel Bajo" o "Peluquerías económicas".

Aunque la pintura fue el arte que le hizo célebre y el único que le reportó beneficios económicos -la escritura le costó dinero, se editó el mismo todos sus libros menos uno-, Solana quiso considerarse siempre tan escritor como pintor, y a su humor pertenece el aserto "con esto de escribir no hay quien pinte y con esto de pintar no hay quien escriba", que empleaba cuando estaba muy atareado.

López Serrano afirma en su estudio introductorio que la dedicación literaria de Solana "fue continua a lo largo de casi toda su vida, no se resolvió en los seis libros publicados pues dejó también algunos artículos o fragmentos literarios publicados en revistas o en libros de otros autores", además de libros inacabados, como uno que habría de titularse "París", del que en este volumen se recogen capítulos como "El museo de figuras de cera" y "El barrio judío".

Este nuevo volumen recoge todos los inéditos conservados de Solana y algunos "casi inéditos", como los que fueron editados por Ramón Gómez de la Serna en "Pombo" y en su biografía del pintor, que no son fáciles de encontrar, con lo que López Serrano considera que con este libro se ha publicado ya "todo el corpus literario solanesco". EFE

15/8/07

Prólogo a Los lanzallamas

Estos días, estas semanas más bien, los autores de este blog/revistilla (de una cierta literatura) se encuentran agosteando como todo quisque, de ahí la nula actividad que se ve por aquí. Volveremos con fuerzas renovadas, espero.

Dejó aquí (cortar y pegar, se llama; gracias Narciso y Goldmundo) un prólogo de Roberto Arlt que me parece de mucho interés, y que me recuerda el tema de algún artículo tratado por don Antonio, sobre la autoimposición de escribir a toda pastilla para conseguir una obra más viva, mejor escrita.

Palabras del autor (1931)

Del libro Los lanzallamas (Ed. Losada, Buenos Aires, 1977)

"Con Los lanzallamas finaliza la novela de Los siete locos.
Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.

Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.

Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage.

Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia.

Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de sociedad.

Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela, que como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados. El estilo requiere tiempo, y si yo escuchara los consejos de mis camaradas, me ocurriría lo que les sucede a algunos de ellos: escribiría un libro cada diez años, para tomarme después unas vacaciones de diez años por haber tardado diez años en escribir cien razonables páginas discretas.

Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de Ulises, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes.

Pero James Joyce es inglés. James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados.

En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.

De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables:

"El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc."
No, no y no.
Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un "cross" a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y "que los eunucos bufen".

El porvenir es triunfalmente nuestro.

Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la "Underwood", que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero…. Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará El Amor brujo y aparecerá en agosto del año 1932.
Y que el futuro diga."

Roberto Arlt

28/7/07

"La cola del hambre"

El Babelia de hoy adelanta una crónica del libro de Solana que saldrá estos días, al parecer, en la editorial Comares con el título "La España negra II", y que ya había salido de la mano de Trapiello la primera parte. Todos los agradecimientos son pocos a este escritor, Trapiello, que estoy seguro está detrás de la jugada, pues es el gran oreador de la obra de Solana, y en Comares da vida a la colección La Veleta, que reúne cosas muy interesantes en ediciones muy cuidadas y de buen gusto.

Pego aquí el enlace al artículo.

20/7/07

La técnica Mordejai

"En Misericordia me propuse descender a las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca o criminal y merecedora de corrección. Para esto hube de emplear largos meses en observaciones y estudios directos del natural, visitando las guaridas de gente mísera o maleante que se alberga en los populosos barrios del sur de Madrid. Acompañado de policías escudriñé las "Casas de dormir" de las calles de Mediodía Grande y el Bastero, y para penetrar en las repugnantes viviendas donde celebran sus ritos nauseabundos los más rebajados prosélitos de Baco y Venus, tuve que disfrazarme de médico de la Higiene Municipal."



"El moro Almudena, Mordejai, que parte tan principal tiene en la acción de Misericordia, fue arrancado del natural por una feliz coincidencia. Un amigo, que como yo acostumbraba a flanear de calle en calle observando escenas y tipos, díjome que en el Oratorio del Caballero de Gracia pedía limosna un ciego andrajoso, que por su facha y lenguaje parecía de estirpe agarena. Acudí a verle y quedé maravillado de la salvaje rudeza de aquel infeliz, que en español aljamiado interrumpido a cada instante por juramentos terroríficos, prometió contarme su romántica historia a cambio de un modesto socorro. Le llevé conmigo por las calles céntricas de Madrid, con escala en varias tabernas donde le invité a confortar su desmayado cuerpo con libaciones contrarias a las leyes de su raza. De este modo adquirí ese tipo interesantísimo, que los lectores de Misericordia han encontrado tan real. Toda la verdad del pintoresco Mordejai es obra de él mismo, pues poca parte tuve yo en la descripción de esta figura. El afán de estudiarla intensamente me llevó al barrio de las Injurias, polvoriento y desolado. En sus miserables casuchas, cercanas a la fábrica de Gas, se alberga la pobretería más lastimosa. Desde allí, me lancé a las Cambroneras, lugar de relativa amenidad a las orillas del río Manzanares, donde tiene su asiento la población gitanesca, compuesta de personas y borricos en divertida sociedad, no exenta de peligros para el visitante. Las Cambroneras, la estación de las Pulgas, la Puente Segoviana, la opuesta orilla del Manzanares hasta la casa de Goya, donde el famoso pintor tuvo su taller, completaron mi estudio del bajo Madrid, inmenso filón de elementos pintorescos y de riqueza de lenguaje."

(Benito Pérez Galdós, Prefacio a Misericordia)

15/7/07

Wim Wenders sobre Ozu

"Cada uno sabe lo que significa la percepción de la realidad. Cada uno ve su realidad con sus propios ojos. Se ve a los otros, sobre todo a quienes amamos. Se ven las cosas que nos circundan, las ciudades y los paisajes en los que se vive. Se ve también la muerte, la mortalidad de los hombres, la fragilidad de las cosas. Se ve y se vive el amor, la soledad, la felicidad, la tristeza, el temor. En suma cada uno ve para sí la vida. Y cada uno sabe la diferencia enorme que existe entre las experiencias personales y las representaciones de esas experiencias en la pantalla. Hemos aprendido a considerar esa distancia enorme que separa el cine de la vida como algo perfectamente natural. A menudo permanecemos con la boca abierta y nos sobresaltamos cuando descubrimos algo de verdad o de real en una película, incluso si es el solo gesto de un niño en el fondo, o un pájaro que cruza la imagen, o una nube que lanza solo por un momento su sombra en la escena. Es raro en el cine de hoy encontrar tales momentos de verdad, ver personas o cosas que se muestren como son realmente. La cosa verdaderamente excepcional en las películas de Ozu, sobre todo en las últimas, era ver estos momentos de verdad. No, no eran solamente los momentos, era una verdad extensa que duraba de la primera a la última imagen. Eran películas que continuamente y de verdad hablaban de la vida misma, y en las que las personas, las cosas, las ciudades y los paisajes se revelaban. Tal representación de la realidad, semejante arte, no se encuentra más en el cine. Lo fue una vez."

Tokyo-Ga, de Wim Wenders (1985).


En la primavera de 1983 el director alemán Wim Wenders se fue a Tokyo con una cámara. Han pasado 20 años desde la muerte de Yasujiro Ozu. ¿Qué queda en el Japón del momento de la época retratada en las películas de Ozu? ¿Que queda de la obra del propio Ozu? El alemán reflexiona sobre el cine de Ozu, sobre la realidad y graba lo que ve, "para mirar solamente, sin intentar probar nada".

12/7/07

Reflexiones de María Zambrano sobre Galdós y el realismo español

Muchos pasajes de La España de Galdós, de María Zambrano, podrían servir de inspiración para el Manifiesto del Círculo Solana. He seleccionado algunos párrafos:

“Galdós nos presenta la confusión, la avidez, la proliferación de la vida y su apetencia de corporeidad. A esto se le ha llamado “realismo”, como a casi todo lo que de España alcanza una cierta visibilidad. No sé si se ha notado que también ofrece una claridad que se alarga en camino, un horizonte que se abre sin término, y aun un centro, todo ello sin abandonar este lugar de la vida. […]
Pues así como en el instante más anodino de la vida de una persona está la huella de todo su ayer con todos sus instantes, asimismo en los personajes de Galdós y en sus complejas relaciones está la huella viva, prolija y multiforme de nuestro multiforme pasado. El protoplasma hispánico impreso de mil huellas, hirviente también de nuevos gérmenes, es el sujeto único, el personaje de innumerables caras de la novela galdosiana."

Galdós con boina (detalle importantísimo)


"En la novela de Galdós –muestra de realismo español–, la fascinación de la vida ha triunfado sobre el poder de las ideas, sobre su prometedora fuerza de avasallar la realidad. Y amor con amor se paga: la realidad viene a entregarse así a quien así se le entrega. De ahí la riqueza innumerable, la infinita complejidad y la magia que de ella emana. Magia igual a la que irradia una pared desconchada, un cardo en un erial, unas tejas verdinegras de lluvia y tiempo, un rostro surcado por los días; todo lo vulgar, aquello cuya gracia consiste solamente en existir.
La maravilla de la existencia, el prodigio y misterio de la realidad y de la vida, corre a través de las innumerables páginas galdosianas, extendiéndose monótonamente sin principio ni fin. […]
Un novelista ha de desentrañar una misteriosa realidad sin alterarla. Y como no se sabe en qué consiste lo misterioso del misterio, ni en qué matiz leve están impresos sus rastros, surgirá el realismo español. Tal vez el tan renombrado “realismo español” provenga del temor que a todo artista –novelista o pintor– acomete frente a la complejidad de esa realidad y de esa vida, de sus múltiples facetas; en último término, respeto y aun indecisión; porque no se sabe qué tomar y qué dejar.
El novelista ha de ser siempre un visionario, alguien que sabe mirar para crear luego visiones verídicas. […] Que se hayan dado algunas miradas de este género es ya una fortuna. La de Cervantes ha ido más allá que todas, es la que ha descendido hasta el centro más vivo y creador; es la de mayor acuidad, finura y percepción. Es la mirada por excelencia. Sólo hay un lugar más hondo que el lugar desde donde ella mira; ese otro de los místicos cuyo horizonte atraviesa el mundo. Cervantes anda en su lindero; un poco más, y se hubiera perdido el mundo humano que nos descubre. Como, a poco más, Velázquez no hubiese ya pintado."

(María Zambrano, La España de Galdós, Círculo de Lectores, Barcelona, 1991)

9/7/07

Actas del Club Pickwick


"12 de mayo de 1827. Bajo la presidencia del señor Joseph Smiggers, VPPMCP (Vicepresidente Perpetuo, Miembro del Club Pickwick). Se aprobaron por unanimidad las siguientes resoluciones:

Que esta Asociación ha escuchado, con sentimientos de satisfacción sin reservas y con aprobación incondicional, la lectura del informe presentado por el señor Samuel Pickwick, PGMCP (Presidente General, Miembro de Club Pickwick), bajo el título Hipótesis sobre las fuentes de los estanques de Hampstead, con algunas observaciones sobre la Teoría de los Renacuajos, y que esta Asociación ha acordado que conste en acta su más cálido agradecimiento al mencionado señor Samuel Pickwick por dicha lectura.

Que, por lo mismo que esta Asociación percibe vivamente las ventajas que para la causa de la ciencia han de derivarse del estudio antes tomado en consideración -así como de las incansables investigaciones que el señor Samuel Pickwick, PGMCP, ha llevado a cabo en Hornsey, Highgate, Brixton y Camberwell- no puede menos de considerar con interés los inestimables beneficios que inevitablemente resultarán de trasladar los estudios de este docto caballero a un campo más extenso, ampliando sus viajes y, en consecuencia, ensanchando su esfera de observación, para el avance del conocimiento y la difusión del saber.

Que, con el mencionado objetivo, esta Asociación ha considerado seriamente una propuesta presentada por el susodicho señor Samuel Pickwick, PGMCP, y otros tres pickwickianos, cuyos nombres se hacen constar más abajo, para formar una nueva rama de Pickwickianos Unidos bajo el título de Sociedad Correspondiente del Club Pickwick.

Que la mencionada propuesta ha sido aprobada y sancionada por esta Asociación.

Que la Sociedad Correspondiente del Club Pickwick queda por consiguiente constituida desde ahora; y que los señores Samuel Pickwick, PGMCP, Tracy Tupman, MCP, Augustus Snodgrass, MCP, y Nathaniel Winkle, MCP, quedan nombrados miembros de la misma, y que serán requeridos para que, de vez en cuando, presenten informes directos de sus viajes e investigaciones, de sus observaciones sobre costumbres y caracteres, y de la totalidad de sus aventuras, juntamente con todas las narraciones y documentos a que puedan dar lugar la contemplación de los lugares o sus recuerdos, dirigiéndose al Club Pickwick, radicado en Londres.

Que esta Asociación admite cordialmente el principio de que cada miembro de la Sociedad Correspondiente sufrague sus propios gastos de viaje; y que no ve en absoluto ninguna objeción en cuanto a que los miembros de la mencionada Sociedad continúen sus investigaciones durante toda la extensión de tiempo que les parezca bien, bajo los mismos términos.

Que los miembros de la susodicha Sociedad Correspondiente han de ser informados, y los son por la presente, de que su propuesta de pagar el franqueo de sus cartas y el transporte de sus paquetes ha sido objeto de debate por parte de esta Asociación; y que esta Asociación considera tal propuesta digna de las grandes mentes de que ha emanado, y expresa en esta acta su total aquiescencia a ella."

(Los papeles póstumos del Club Pickwick, Charles Dickens, traducción de José María Valverde, editorial Mondadori, 2004, págs. 23-25)

3/7/07

El apunte carpetovetónico

Pensaba hacer un elogio de su mirada cruda y tierna, de su prosa seca y sentida, de su cadencia poética, de esas metáforas tímidas y esos adjetivos tan exactos que parecen adherirse al nombre y chuparle la sangre de las venas, como una sanguijuela tropical, pero casi mejor me ahorro las monsergas y os dejo con las palabras del gran Camilo J. Cela, el mayor solanista que ha dado la historia de la literatura:

"El apunte carpetovetónico pudiera ser algo así como un agridulce bosquejo, entre caricatura y aguafuerte, narrado, dibujado o pintado, de un tipo o de un trozo de vida peculiares de un determinado mundo: lo que los geógrafos llaman, casi poéticamente, la España árida. [...]
Como género literario, el apunte carpetovetónico, aunque siga vivito y coleando, tampoco es ninguna novedad. En España es viejo como su misma literatura. ¿Qué eran, sino puro apunte carpetovetónico, aquellos versos de la Copla de la panadera en los que el poeta nos narra el ímpetu ventoseador de aquel hidalgo o clérigo toledano que "pedos tan grandes tiraba/ que se oían en Talavera"?
¿Qué otra cosa fueron muchas de las páginas maestras y amargas de Torres Villarroel o de Quevedo? Y remontando el calendario, ¿qué son las escenas -Madrid, escenas y costumbres, Madrid pintoresco, La España negra, etcétera- del pintor Solana? [...] la literatura española ignora el equilibrio y pendula, violentamente, de la mística a la escatología, del tránsito que diviniza -San Juan, fray Luis, Santa Teresa- al bajo mundo, al más bajo y concreto de todos los mundos, del pus y la carroña y, rematándolo, la calavera monda y lironda de todos los silencios, todos los arrepentimientos y todos los castigos -el vicario Delicado, en las letras; Valdés Leal, en la pintura; Felipe II, en la política; Torquemada, en la lucha religiosa, etc. En uno de esos pendulares extremos -ni más ni menos importante, desde el punto de vista de su autenticidad- habita el apunte carpetovetónico: como un pajarraco sarnoso, acosado y fieramente ibérico. Y que no puede morir, por más vueltas que le demos, hasta que España muera".
(Camilo J. Cela, prólogo a El gallego y su cuadrilla, Palma de Mallorca, 4 de julio de 1954)

Pese a la fiebre experimentalista que le sobrevino, yo creo que Cela siguió teniendo esa mirada solanera en todos sus libros. Algo tan hondo no se pierde ni aunque uno quiera. Coged, por ejemplo, el genial San Camilo o incluso partes de la Mazurca, del Cristo y del Oficio. Por no hablar, claro está, del Pascual, La colmena o El viaje a la Alcarria, cuyos dos primeros capítulos contienen algunos de los párrafos más hermosos que se han escrito. Por ejemplo:

"Fuera se oye el distante golpear del chuzo contra la acera. Por las rendijas de la persiana se cuela un hilito de claridad. Pasan lentos, entumecidos, los carros de los primeros traperos. El viajero se ha dormido al tiempo de nacer el día como un pollo que sale, un poco avergonzadamente, del derrotado y tibio cascarón.

El viajero tiene su filosofía de andar, piensa que siempre, todo lo que surge, es lo mejor que puede acontecer. Se va mejor a pie, andando por el medio de la calle oyendo cómo rebota sobre las casas el sonar de la clavazón del calzado. [...] El viajero va lleno de buenos propósitos: piensa rascar el corazón del hombre del camino, mirar el alma de los caminantes asomándose a su mirada como al brocal de un pozo.

Una mujer pasa, presurosa, el velo sobre la cabeza, camino de la primera misa, y una pareja de guardias fuma aburridamente, sentados en un banco, con el mosquetón entre las piernas. Los misteriosos tranvías negros de la noche portan de un lado para otro su andamiaje sobre ruedas; van guiados por hombres sin uniforme, por hombres de boina, callados como muertos, que se tapan la cara con una bufanda."

Daría cualquier cosa por escribir como Cela en este último párrafo. Puedes leerlo una y otra vez y siempre estás allí, en aquel instante eterno, inmortal ya. Quizás lo que le pasó después es que la música de su prosa se fue comiendo progresivamente al sentimiento, a la verdad.