Y un día se perdió mayo. Lo busqué donde siempre, a continuación de abril, antes de junio. Pero no estaba. Miré en los otros cajones del escritorio, incluso saqué el cajón donde dormía con los demás meses esperando su turno, por si se había colado por detrás y estaba arrugado en el hueco... Nada.
Que se perdiera mayo era una cosa insólita. Nunca en toda mi vida se me había perdido ningún mes. Nunca, desde que con doce años estrené la primera agenda. Cada octubre salían al mercado los recambios del año siguiente y yo lo sabía porque precisamente el día uno de octubre había una anotación que se perpetuaba de año en año: Comprar recambios. Así que iba a la sección de papelería de El Corte Inglés y compraba el paquete con el planning anual, la libreta de direcciones y la agenda propiamente dicha, a día por página. Llegaba a casa y lo guardaba en el cajón, justo debajo de los meses restantes (noviembre y diciembre). El último día del año desenvolvía con mano trémula el pequeño paquete de celofán y procedía a actualizar mi agenda de anillas renovando direcciones, sustituyendo el planning anual y, por fin, separando enero y febrero del resto de los meses y enganchándolos en las anillas de mi agenda. Era el momento cumbre de las Navidades. Mi momento. A mi alrededor, Lucía me metía prisa para que me arreglara para la fiesta de Fin de Año. Iban a venir sus padres, decía, y todo el mundo, y ya estaba todo listo, hasta ella estaba casi arreglada, gruñía mientras se ponía un pendiente y un zapato en precario equilibrio, a pesar de que como siempre toda la organización había ido a sus espaldas, y se ponía el otro zapato y enseñaba los dientes al espejo y se limpiaba un diente manchado de carmín, porque lo que era yo, sentado toda la tarde y jugando con mi agenda... “Estoy desenvolviendo un año de mi vida”, le decía yo y ella me miraba de lejos, tomando distancia, y me preguntaba si al final me había acordado de comprar el foie y yo le decía que sí, que por supuesto, lo tenía allí apuntado, treinta y uno de diciembre, comprar el foie, “Dichosa agenda -decía ella-, menos mal que sirve para algo”.
El día veinte de abril -sacar mayo y junio-, abrí el cajón y cogí el pequeño bloque de hojas. Uno de junio, ponía la primera; ¿uno de junio? Me puse a buscar mayo por todas partes, pero como si nada: mayo había desaparecido. Pasé los últimos diez días de abril en una creciente perplejidad. En el planning anual, mayo aparecía cuajado de citas y compromisos anteriormente adquiridos, así que intenté arreglármelas con eso. Me fabriqué un mes de mayo en hojas blancas, en cada una de las cuales escribí de mi puño y letra el día de la semana y el del mes. Pero no conseguía creérmelo. Había un mayo por ahí que era mi mayo, y ese se había perdido.
El veintisiete de abril llegué a la conclusión de que iba a morirme tres días más tarde, y me metí en la cama, preso de una aprensión como nunca he sentido. “Tiene gripe”, le dijo Lucía a su madre, y le llevó a los niños a su casa, a pesar de que yo le decía con voz ahogada que quería tenerlos cerca en los últimos momentos. “Qué últimos momentos ni qué ocho cuartos -decía Lucía mientras les ponía las mochilas-, desde luego, qué malos enfermos sois los hombres, venga decidle adiós a papá, no, sin besitos, de lejos, que no os pegue nada”. Mis hijos saludaban con la mano desde el umbral de la puerta y se iban, con sus mochilas a la espalda, disolviéndose en mis ojos llorosos. Sabía sus cumpleaños, siete de agosto, cumpleaños de Luisito, doce de octubre, cumpleaños de Almudena, pero apenas nada más: que tenían entre siete y cinco años, que tocaban el violín, jugaban al tenis y montaban a caballo, creo. Me pregunté si habría violines y raquetas suficientemente pequeños para ellos, me pregunté cómo demonios podrían subirse mis hijos a un caballo y luego me quedé allí llorando el resto del día porque no quería morirme el treinta de abril, treinta de abril, morirme. Me hubiera masturbado, pero no tenía ganas.
El veintiocho era lunes y acudí como pude a mis citas, y el veintinueve y el treinta. Y el treinta por la noche le dije a la espalda de Lucía que la quería y ella me dijo que a qué venía eso y yo le pregunté que si ella no me quería a mí y ella se quedó con el tarro de crema en una mano y el algodón en la otra y me miró a través del espejo con sus ojos tan negros en la cara blanqueada, y me dijo que claro que me quería, que para eso era mi mujer, ¿o no?, pero que yo estaba muy raro, que a ver si lo que tenía era la famosa crisis de los cuarenta, que a ver si lo que pasaba era que se me había cruzado alguna de esas, dijo, de esas lagartas, y yo sonreí, pero muy triste, y le dije que no, que lo que pasaba es que no quería morirme, pero que se me había perdido mayo y no sabía cómo llegar hasta junio y al llegar ahí me eché a llorar, y entonces ella se quitó la crema de la cara con el algodón y vino hacia mí y puso mi cabeza en su pecho y dijo que trabajaba demasiado y empezó a bajar la mano hacia mi pantalón y yo entonces lloré más fuerte, y ella se separó de mí y se metió en la cama sin volver a decirme nada más.
Pero el uno de mayo no me había muerto. Me dormí sin darme cuenta y me desperté de pronto, a las ocho y media, uno de mayo y estaba vivo. Me puse tan contento que fui a hacerle el amor a Lucía, pero ella me dijo que no eran horas, y que eso, ayer. Así que me vestí y salí a la calle, y como no tenía nada que hacer me senté en el banco de la esquina y conté los pocos coches que pasaban. A las once y media gritaron mi nombre y era Lucía desde la terraza. Subí y me dijo que menudo susto, que dónde me había metido, que estaba muy raro y que nos íbamos al chalet. Pero como no había ninguna hoja que pusiera Uno de mayo, Fiesta del Trabajo, ir al chalet, yo no me sentía tan obligado como otras veces, así que le propuse que nos fuéramos al zoo con los niños, “Tú estás loco”, me dijo ella, y los niños dijeron que ya habían ido al zoo con el cole, y a una reserva natural de animales también y al parque de bomberos y a una fábrica de galletas, “Ay, Señor -murmuró Lucía mientras le ponía a Almudena unos lazos en las trenzas-, haciendo de padre a estas alturas, lo que nos faltaba”.
El día dos de mayo me fui a pasear por la calle de Alcalá y llegué hasta la plaza de toros. Me compré un abono para las corridas de San Isidro y eso me hizo recordar a Mónica, que es vegetariana y está contra la Fiesta Nacional. También yo, pero sin mi mayo me sentía caminando en el aire; llamé a Mónica, de todas formas, y quedamos en su casa. Hacía unos ocho años que no nos veíamos porque yo nunca tenía tiempo. “Eso no es verdad -me dijo ella-, lo que ocurre es que pasas tu tiempo con tu familia o trabajando, pero tenerlo, lo tienes”. “Ahora no tengo mayo”, le dije yo, y ella me preguntó y yo le conté la historia de mi mayo perdido. “Estás loco”, me dijo ella, y es en lo único que coincidía con Lucía desde que yo las conocía a ambas. Así que como no tenía apuntado en el dos de mayo ninguna cosa en particular, es más, como no tenía dos de mayo propiamente dicho, le propuse a Mónica que nos fuéramos a Cuba esa tarde y que por favor no mirase su agenda para ver si podía, no fuera a ser que saltara de allí su dos de mayo y se instalase en la mía, porque ya empezaba yo a encontrarle gusto a eso de habitar en un mes inexistente. Mónica dijo que lo de Cuba era imposible, pero que podíamos acostarnos juntos como antes, ahora que tenía tiempo para ella. Le dije que lo que no tenía, justamente, era tiempo, que me faltaba un mes, un mes menos un día hasta llegar a junio, que era como caminar por un puente de cristal por encima del vacío de la vida. “Es la coca, ¿verdad? -me respondió-, la coca o alguna mierda de esas, lo veía venir -dijo-, no soportas ni la tensión, ni la competitividad ni la falta de ética del mundo en el que te has metido”. Pero yo le dije que no era nada de eso, que no tomaba coca -¿día quince de enero, comprar coca? ¡absurdo!-, que era sólo que me faltaba un mes, el mes de mayo, no era tan difícil de entender, creo. Me dijo que no gritara, que no me pusiera nervioso, y me fue empujando hasta la puerta. Lloraba cuando cerró, “Cuídate”, me dijo antes de hacerlo.
El día tres me llamó Carlos al móvil, “¿Te has olvidado de la reunión? Te estamos esperando”. Yo estaba en el Retiro comiendo unos barquillos. Había pasado la noche debajo de un banco, porque hacía buena temperatura y la tierra estaba blanda y permitía acomodar la cadera en un pequeño hueco, como nos habían enseñado a hacer en aquel curso de supervivencia, cuando el viaje de objetivos a Cartagena de Indias. Le dije que no me constaba ninguna reunión, “¿Has perdido la agenda?”, “Sólo mayo - le contesté-, pero no es tan malo como parece”. Se rió con ganas al otro lado del teléfono, “Bueno, vale ya de coñas -me dijo luego-, ¿vienes o qué? He llamado a tu casa y Lucía está con un ataque de nervios, yo en eso no me meto pero el trabajo es el trabajo”. Intenté visualizar la página del tres de mayo, tres de mayo, sábado, diez de la mañana, reunión; pero en lugar de eso vi como unos chicos botaban una canoa en el estanque. “Te llamo luego, Carlos”, dije, y colgué el teléfono, y como le conozco desde hace mucho tiempo -a Carlos, digo- y sé que es muy pesado, lo fui desmenuzando -al teléfono, claro-, le quité la pila, la carátula, la pantalla -que salió fácilmente después de golpearla contra la esquina de mármol de un quiosco- y fui sembrando de trocitos el Parque del Retiro.
Hoy es treinta y uno de mayo y estoy sentado delante de mi casa, con maletas y cajas a los pies, esperando un taxi. Ayer llegué de Cuba, pero antes estuve viviendo en la gruta del estanque del Retiro, donde conocí a un profesor de filosofía que se gana la comida diaria haciendo papiroflexia; juntos fuimos a las corridas de la feria de San Isidro y luego nos despedimos en el aeropuerto: yo, camino del Caribe; él, de su gruta. El profesor me dijo que a él, hace bastante tiempo, se le perdió inexplicablemente el día de su cumpleaños y desde entonces no ha envejecido. “Es una pena que yo cumpla los años en junio”, le dije, “Nunca se sabe”, me contestó el profesor. Ayer, pues, llegué de Cuba y me presenté en mi casa, donde Lucía estaba con sus padres y los dos niños. Al verme se pusieron a gritar, tal vez porque no he vuelto a afeitarme desde que me fui de casa ni a cortarme el pelo desde el quince de marzo, quince de marzo, peluquería. En la confusión que siguió, me pareció entender que estaba loco, que era un irresponsable, que Lucía se quería separar de mí y que mis hijos estaban muy avergonzados. Les dije que no era para tanto, que simplemente había perdido mayo y el forro de la vida se había descosido durante un mes, pero yo había conseguido sortearlo o casi, que pasado mañana sería junio y yo volvería, con cierta pena pero volvería, esperando tal vez el regalo de otro mes perdido algún tiempo más tarde, pero allí estaba, uno de junio, limpieza dental y revisión del dentista; acompañar a Lucía, y eso es lo que haría. No podría asegurarlo, pero creo que fue entonces cuando mi suegra me mordió. Así que salí de allí, me busqué un apartamento y hoy he vuelto a recoger mis cosas. A partir de mañana tengo apuntadas varias gestiones urgentes: uno de junio, anular la visita al dentista, ordenar las cajas de la mudanza, dos de junio, buscar nuevo trabajo, tres de junio, ir a ver al abogado para lo de la separación. Es curioso porque allí en Cuba, como en el Retiro, no apuntaba nada, pero las cosas me venían a las manos antes de que tuviera que recordarlas. Y sin embargo, aquí voy perdiendo la memoria de lo que allí pasó. Se me ha ocurrido que tal vez si pudiera encontrar por algún sitio este mayo que ahora acaba, aparecerían escritas en sus páginas notas o referencias de lo que hice, a modo de diario. He llamado a Lucía por el telefonillo y le he encarecido que, si por casualidad, en alguna limpieza o ahora que va a cambiar la decoración, se encuentra con mi mayo traspapelado y perdido, que por favor no deje de avisarme. “Esto te cuesta la custodia de los niños”, me ha parecido entender que decía antes de colgar.